Firma y rúbrica - León Degrelle

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Espoleado por el periodista francés Jean M. Charlier, Léon Degrelle, el líder político belga que supuso una revolución en sí mismo, hace un repaso de toda su vida, desde sus inicios en el Movimiento Católico y como Jefe del Rex, hasta su liderazgo de la División de Voluntarios de la SS en el Frente del Este y su lucha en el exilio en España.
Político jovencísimo que movilizó a grandes masas de su pueblo y estuvo a punto de conquistar el poder a los 30 años -carrera frustrada por la guerra-, era también un escritor incansable con decenas de obras que aúnan una forma de escribir amena y clara a un contenido apasionante, como ha sido toda su vida, más trepidante que cualquier novela de aventuras.
Comandante de la División de Voluntarios Valones en el Frente del Este, soldado excepcional, héroe de la bolsa de Tscherkassy (un Stalingrado victorioso para los alemanes), que alcanza la graduación de General de las Waffen-SS al finalizar la guerra, era también un formidable orador. Líder carismático, luchador incansable incluso en el exilio y hasta avanzada edad, contaba a sus ochenta y siete años con más proyectos y libros por escribir y publicar de los que un hombre joven podría siquiera soñar.
Conoció personalmente al Führer, de quien pronto se convirtió en uno de sus más fieles seguidores, y aquél reconoció en Degrelle al joven dirigente que podría jugar un papel de primer orden en la construcción de la Nueva Europa, nombrándole Volksführer.
En posesión de una peculiar sensibilidad, es capaz de comunicarla y transmitirla. Vive en el fuego de una idea sin consumirse y en la confianza de un mañana que nunca ha aparecido cubierto por las nieblas del abatimiento. Frente a la persecución, la difamación y a todo género de hostilidades, él ha sabido responder con una firmeza honorable, alejada de cualquier arrogancia o torpe envanecimiento.
León Degrelle es una de las personalidades más importantes y sugestivas de la Europa de aquel tiempo, por lo que su testimonio tiene una importancia excepcional
"Firma y rúbrica", que se considera habitualmente la mejor y más completa obra de Degrelle, reproduce los latidos de una vida intensa y arriesgada, conmueve y alecciona, y prueba el acierto de las palabras que un día escribiera Goethe: «Yo he sido un luchador y eso quiere decir que he sido un hombre.» Degrelle lo ha sido y todavía lo es.

Bendición Papal


SECRETERIA DI STATO DI SUA SANTITA
Dal Vaticano, 23 octobre 1910
Mi señor,
El Santo Padre Pío X recibió con un interés paternal el trabajo titulado: “La Conjuración Anticristiana”, que me pidió le diera en su nombre. Su Santidad lo felicita afectuosamente por haber finalizado la composición de esta obra tan importante y sugerente, a la postre de una larga serie de estudios que dan crédito de su celo y su ardiente deseo de servir a la causa de Dios y la Santa Iglesia
Las ideas principales de este gran trabajo son las que inspiraron a los grandes historiadores católicos: la acción de Dios en los acontecimientos de este mundo, el hecho de la Revelación, el establecimiento del orden sobrenatural y el que la resistencia del espíritu del mal se opone al trabajo de Redención. Usted muestra el abismo que separa antagónicamente a la civilización cristiana de la pretendida civilización que se retrotrae al paganismo. ¡Cuán correcto es establecer que la renovación social solo se puede hacer proclamando los derechos de Dios y de la Iglesia! Al expresar su agradecimiento, el Santo Padre hace votos para que, asistiéndole una fuerte salud, pueda realizar plenamente el plan integral que ha dibujado, y, como muestra de su especial benevolencia, Él le envía la bendición apostólica.
Con mi agradecimiento personal y mis felicitaciones, acepte, Monseñor, la seguridad de mis muy devotos sentimientos en Nuestro Señor.
Cardenal MERRY DEL VAL
Prólogo


Conocí a León Degrelle en Ciudad Real, en la ya lejana Navidad de 1956. Acababan de confiarme hacía muy poco tiempo el gobierno de aquella provincia y, casualmente, había terminado de leer con avidez creciente su libro «Almas ardiendo», prologado por Gregorio Marañón, que, por cierto, fiel a su talante liberal y humano, subrayaba en sus líneas, con brillantez y agudeza, la relatividad de las circunstancias políticas, que nunca deben crear abismos insondables que separen con odio los corazones de los hombres.
Conservo aún el recuerdo de aquella primer charla que mantuve con él y que se prolongó durante varias horas. Quedé entonces vivamente impresionado ante su acusada personalidad, que sin duda se hallaba avalada por una aventura vital verdaderamente fascinante. Sentí al escucharlo la emoción de estar en presencia de un trozo muy significativo de la historia de Europa, aún palpitante, y comprobé que su imagen correspondía con fidelidad a la figura de un combatiente fervoroso, dotado de una increíble tenacidad, de un calor cordial innegable y de un espíritu cuya consistencia sensible se intuía a primera vista y se hacía rotundo a través de una expresiva mirada serena y recta.
Cerca de treinta años han acrisolado una limpia e invariable amistad, de la que me siento sinceramente orgulloso, y en razón a ella escribo este prólogo —por supuesto alejado de la musa del miedo que por desgracia inspira en nuestro tiempo tantos comportamientos desmayados—y en el que no pretendo hacer una mera semblanza política, sino reducir a juicio personal cuanto me ha parecido susceptible de este tratamiento.
Debo afirmar que a lo largo de mi trayectoria humana, personal y política he conocido muy pocos hombres equipados de la energía intelectual y moral de León Degrelle. El látigo del dolor ha templado su naturaleza y ha fortaleci- do su carácter y las circunstancias más adversas no han sido capaces de arrebatarle su aliento ni derrumbar su voluntad combativa, porque es un alma singular sostenida en vilo por la fe misma. Resulta portentosa su capacidad de ilusión que aún se mantiene intranquila, en una especie de milagroso estado de gracia, y es que, sobre todo, Degrelle conserva casi intacta su juventud, que a pesar de sus años constituye una asombrosa realidad orgánica viva y ostensible.
Degrelle es un idealista que no ha perdido su condición de tal, aun viviendo anegado de realismo. Sus múltiples avatares y sus dolorosas experiencias han decantado su espíritu sin conducirlo jamás al desencanto o a cualquier género de hastío o tedio existencial. Es de los que creen que la vida del hombre no termina en derrota. Para él, vivir vitalmente es un complejo de esperanzas reales, de deseos, de sueños y de anhelos, y yo creo sinceramente que todo esto le confiere una exaltada lucidez, un frescor mental indudable para mantener y acrecentar la arriesgada defensa de sus ideales y convicciones.
No cabe duda, sin embargo, de que nos hallamos en presencia de un personaje polémico y, por tanto, pienso que se puede coincidir o discrepar de su actitud política, aunque estimo que ha de resultar muy difícil negarle la virtud de la autenticidad, la realidad de su valor y el ejemplo de su coherencia. Fiel a un código de honor, con una capacidad extraordinaria para resistir, no ha conocido nunca la desgana para la acción ni ha padecido jamás el drama de la jubilación de la esperanza. A pesar de haber sufrido sistemáticamente la condena de la desfiguración, que ha pretendido presentarle como un ser dogmático, intolerante, cerrado y estricto, León Degrelle sigue siendo, por el contrario, un hombre dotado de un vitalismo sabroso, ávido, capaz de generosidad y de comprensión, comunicativo y entrañable, dueño de una palabra encendida y vibrante, capaz de influir en el corazón de las gentes más heterogéneas.
Lejos de ser un político carente de ecuanimidad, teñido de pasión o deformado por poderosas cargas emocionales, yo le creo en posesión de un alma invulnerable al rencor, incapaz de odiar, alérgico a la acción primaria de la agresividad, apasionado pero no violento, vehemente pero no crispado, y lo que ha creído como verdad suya no le ha conducido al error y a la insolencia de menospreciar a las demás. En posesión de una peculiar sensibilidad, es capaz de comunicarla y transmitirla. Vive en el fuego de una idea sin consumirse y en la confianza de un mañana que nunca ha aparecido cubierto por las nieblas del abatimiento. Frente a la persecución, la difamación y a todo género de hostilidades, él ha sabido responder con una firmeza honorable, alejada de cualquier arrogancia o torpe envanecimiento.
Este nuevo libro suyo, «León Degrelle firma y rubrica», está compuesto esencialmente de dos partes; una, que refiere sus actividades políticas antes de la guerra, como jefe de «Rex», el partido que fundó y lideró, y otra, que contiene su aventura política y militar desde 1940 hasta hoy.
Como queda probado en estas páginas, León Degrelle nunca ha sido investigado ni condenado como «criminal de guerra», ni siquiera ha sido perseguido como tal. Su nombre no figura en ninguna de las listas confeccionadas por los aliados, los alemanes, los israelíes ni los soviéticos, entre otras razones porque, de forma ininterrumpida, Degrelle permaneció combatiendo en el frente del Este, primero como soldado raso, y después como oficial ascendido por méritos de guerra, hasta alcanzar el grado de general. Antoine Delfosse, ministro de Justicia del gobierno belga en Londres, confirmó en cierta ocasión frente a las cámaras de la televisión francesa que Degrelle «nunca había sido un criminal de guerra en el sentido de Nuremberg». La condena a muerte que sufrió tuvo como motivación haber empuñado las armas contra los aliados de Bélgica y haber constituido un ejército —la División «Wallonie»— a tal efecto.
Hay en su libro una descripción amena e interesante de su vida familiar. Degrelle nació a la sombra de la fortaleza de Godofredo de Bouillon, en las Ardenas belgas, y fue miembro de una familia numerosa, de educación católica, muy acostumbrado desde su más temprana edad a la aceptación de una disciplina casi espartana.
Degrelle ha sido y es un incisivo periodista, un orador elocuente y un escritor de nervio, y esto le ha permitido ofrecer en ocasiones con luminosa claridad sus vivencias realmente singulares. Cuando la conflagración mundial estalló y la Europa de entonces se enfrentó a la Unión Soviética, se alistó voluntario como soldado raso para luchar en el frente del Este. Pues bien, este libro recoge puntualmente, a través de una prosa incisiva, toda la peripecia humana, política primero y bélica después, de un hombre que adquirió temple y serenidad a través de la dura costumbre de luchar sin tregua.
A mi juicio, León Degrelle es una de las personalidades más importantes y sugestivas de la Europa de aquel tiempo, de la que es aún testigo vivo. En el gran viaje que es la aventura del hombre, el autor de este libro ha conocido pocas estaciones de descanso, escasos momentos inútiles y vacíos, pocas horas entregadas al ocio sin sentido. Cuando cambios amenazadores se acusan en el plano de la Historia y muchas de las realidades que describe son ya sombras, cenizas y vientos, cabe decir que en su bravo y valiente corazón ha sabido apurar el sabor agridulce de la vida, quedan lumbres que aún arden y que iluminan —venciendo lo imposible— esa expectativa de plenitud y trascendencia que constituye el gran misterio del destino del hombre.
La lectura de estas páginas, que reproducen los latidos de una vida intensa y arriesgada, conmueven y aleccionan y prueban el acierto de las palabras que un día escribiera Goethe: «Yo he sido un luchador y eso quiere decir que he sido un hombre.» Degrelle lo ha sido y todavía lo es. Que Dios le guarde.
Abril, primavera de 1986
Preámbulo


El 30 de abril de 1945, día de la ocupación de Berlín por los rusos, se consumó el hundimiento del III Reich. Se derrumbó el gran sueño de Hitler bajo un diluvio de hierro y fuego, quedando sepultado bajo un montón de ruinas.
La cruz gamada dejó de extender su orgullosa y amenazante sombra y calló la voz del que pretendía ser el instaurador de un imperio milenario, ahogada bajo los escombros de la Cancillería y del búnker. La marea del desastre arrastraría consigo a todos los grandes señores feudales del orden nuevo.
Suicidados, ahorcados, fusilados o eliminados del mundo por interminables años de prisión, todos los grandes personajes entre los que Hitler pensaba repartir soberanamente sus poderes en la Europa nazi desaparecieron del mundanal ruido.
Liquidados todos los «volksführers», «gauleiters» y demás «protectores» de los países aliados o vasallos: Heydrich, en Praga; Frank, en Varsovia; Tiso, en Eslovaquia; Mussert, en Holanda; Quisling, en Noruega; Horthy, en Hungría; Pavelic, en Croacia; Antonescu, en Rumania.
Muertas las principales figuras desde antes del derrumbamiento del Gran Reich: Mussolini y los más importantes jerarcas fascistas.
Desaparecidos en Francia los del mundo de la colaboración: Pétain, Laval, De Brinon, Doriot, Darnand, Henriot, y tantos otros.
De todos esos procónsules, de todos esos altos dignatarios, de todos esos «jefes populares», uno sólo dominó, milagrosamente, su destino; uno sólo vive todavía, exilado, pero libre, a pesar de su condena a la pena de muerte: el «volksführer» León Degrelle, ex general de las Waffen SS y ex jefe del Movimiento rexista en Bélgica, el hombre del que Hitler afirmó que si hubiese tenido un hijo habría querido que se le pareciera.
* * *
Mi primer contacto con León Degrelle data de mayo de 1976. En realidad debería decir el segundo. En 1937 —tenía entonces doce años— uno de mis tíos me llevó a uno de sus grandes mítines, al aire libre, en Lieja. Asistido de una muchedumbre incalculable, y que se movía como una marea, no pude distinguir de él más que una lejana silueta gesticulante, colocada en lo alto de una monumental tribuna, rodeada de portadores de escobas. Eran las escobas destinadas a barrer a los «podridos», como proclamó entonces el orador en su discurso de dos horas largas, reloj en mano.
De este primer encuentro con Degrelle no conservé más que el recuerdo confuso y, sin embargo, extraordinariamente presente, de una voz potente, mordiente y sarcástica, de un desbordamiento torrencial de vehementes frases, que los altavoces hacían estallar como golpes de timbal. Una voz que hacía oscilar y estremecerse a una muchedumbre extasiada, electrizada y a la que tanto subyugaba, que la hacía rugir de repente como un mar embravecido, arrancándolo tempestades de risas y suscitando interminables salvas de aplausos.
Por otra parte, y mucho después, Rober Poulet me contó que, en el transcurso de su larga carrera periodística, había tenido la ocasión de escuchar a los más grandes tribunos del siglo XX: Jaurés, Briand, Goebbels y tantos otros, pero que ninguno le había causado tanta impresión como Degrelle; que ninguno le igualó en magnetismo, en poder de convicción y seducción sobre las multitudes, a excepción quizá de Hitler.
Pasaron cuarenta años, tan cargados de acontecimientos, y yo ya había olvidado a León Degrelle.
En 1972, bajo el título general de «Dossiers Noirs» (Expedientes Negros), comencé a realizar para la Televisión francesa una serie de grandes reportajes históricos, bastante particulares. Como lo anuncia el «cartel» de comienzo de cada una de mis emisiones, esos «dossiers» están consagrados a «personalidades fuera de lo común, mal conocidas e incluso francamente ignoradas del gran público, pero que, en la sombra, tuvieron a menudo un peso decisivo en la historia de su país o de nuestro tiempo».
He consagrado «dossiers» a personajes muy diversos: al general Chennault y a sus «Tigres volantes»; a Stavisky; a Moisés Tschombéy a la secesión de Katanga; a Al Capone; a Menahem Begin y a su Irgún Zvai Leumi; a los asesinatos de John y Bob Kennedy, y al de Martin Luther King; al príncipe Borghese y a sus hombres torpedos; al extravagante multimillonario Howard Hughes; a William R. Hearst, zar de la prensa americana; a Pancho Villa y a la revolución mejicana, y a muchos otros más.
Tales emisiones conocieron un enorme éxito y me valieron, a la vez, las entrevistas de mis colegas periodistas.
En 1975, en el curso de una conferencia de prensa, alguien me preguntó de repente, a quemarropa: «¿No ha pensado usted nunca en consagrar un “dossier” a León Degrelle?»
Mi respuesta fue espontánea: «¿Un “dossier” sobre Degrelle? Sería como manejar dinamita.»
Ciertamente, había considerado, en diversas ocasiones, consagrar un «Dossier Negro» a quien Hitler hubiera deseado que fuera su hijo. Es el arquetipo de los personajes que yo retrato en mis emisiones. Como protagonista o como testigo ocular ha vivido acontecimientos considerables. Es uno de los muy raros, y quizá el único, de los supervivientes del nazismo que consiente en hablar, con una total sinceridad, de sus contactos con Hitler, Himmler, Mussolini y demás, y acepta explicarse y defenderse públicamente, sin renegar en nada de sus pasadas convicciones. Su testimonio podía ser capital para intentar aproximarse, y comprenderlo, a ese vértigo colectivo que reagrupó para la cruzada europea de 1941 contra el bolchevismo a centenas de millares de jóvenes europeos de todos los confines, de todas las nacionalidades y de todos los medios sociales, así como el extraño fenómeno que invadió los espíritus de tantos intelectuales, de tantos cristianos, de tantos antialemanes, hasta el punto de llevarles a adherirse incondicionalmente a las doctrinas nacionalsocialistas y a los ideales de las SS, incluido el sacrificio de su vida.
Cualesquiera que fuesen mis prevenciones personales, había, pues, pensado a veces en la posibilidad de hacer de León Degrelle el tema de uno de mis «Dossiers Noirs». La casi insuperabilidad de esta tarea me llevó una y otra vez a renunciar a ella.
Treinta y tres años después del final de la segunda guerra mundial, tanto en Francia como en Bélgica seguía siendo imposible realizar una emisión de radio o de televisión, imparcial y objetiva, consagrada a Petáin, Laval o a otros tenores de la Colaboración, sin provocar con toda seguridad manifestaciones violentas, incluso en los estudios y platos (André Jammot tuvo muchas veces triste experiencia de ello en los «Dossiers de l’Ecran»), Las perspectivas eran aún peores respecto a León Degrelle.
Soy belga y sé lo que digo. En Lieja viví toda la guerra y los momentos tensos de la liberación. Sé el odio inextinguible e invariable que la ocupación alemana y la colaboración encendieron en buena parte de mis compatriotas. Trotskista idealista en esa época, yo mismo compartí esos sentimientos al tener parientes próximos y amigos muy queridos detenidos, encarcelados o deportados; a mi padre denunciado tres veces a la Gestapo y al haber estado obligado, yo mismo, a un año de trabajos forzados antes de incorporarme a la Resistencia.
Treinta y cinco años más tarde esta ciega execración continúa, y tan exacerbada como entonces, en muchos de mis compatriotas.
Pero algunos de ellos —y cosa singular, sobre todo entre aquellos que combatieron en el campo aliado de forma pura y desinteresada— se plantearon honestamente ciertos interrogantes y trataron en conciencia y con toda honestidad de comprender por qué tanta gente cuyo patriotismo, valor, pureza de intención y vocación de sacrificio eran, a priori, al menos iguales a los suyos, pudo pasarse al campo de Hitler, incluso compartiendo las teorías del nazismo racista. El oportunismo, el azar o el espíritu de lucro parecen explicaciones demasiado simplistas y limitadas.
* * *
En Francia la situación fue aproximadamente la misma que en Bélgica. Una temible autocensura practicada por todos los grandes medios de comunicación impide abordar lealmente ciertos problemas, contrariamente a lo que pasa en Estados Unidos y en Inglaterra.
Pero, por absurdo e injustificable que pudiera parecer a muchos, en un país democrático, razonable y tolerante, era casi impensable, incluso en una perspectiva estrictamente histórica, esperar tratar imparcial y objetivamente, en la radio o en la televisión especialmente, todo lo que rozaba con el nazismo.
La intervención en las ondas de un superviviente de la aventura hitleriana, incluso declarado inocente de todo crimen de guerra, y simplemente venido a atestiguar sobre hechos de hace más de un tercio de siglo, suscitaba ineludiblemente la obstrucción sistemática y el furor ciego de los profesionales del antigermanismo y del pacifismo, mientras que esas mismas estaciones de radio y de televisión acogen complacientemente y sin suscitar ni la sombra de una protesta las declaraciones más incendiarias y los llamamientos al asesinato de terroristas de todos los pelajes.
Pero que aparezcan en una emisión —de modo distinto que bajo los rasgos de fantoches sangrientos y odiosos— Hitler, Mussolini, el mariscal Pétain, Pierre Laval, Skorzeny, Borghese o Rudel, y en seguida planearán las amenazas de prohibición o de supresión de la programación, hipócritamente justificadas por los temores de manifestaciones violentas o de reacciones de ciertos medios que, por muy respetables que sean, son incapaces de imparcialidad.
Ciertamente, entre los periodistas de los grandes medios de comunicación se mantiene la falsa impresión de que, incluso a treinta o cuarenta años de distancia, el gran público sigue hasta tal punto traumatizado por las secuelas de la segunda guerra mundial que no se puede presentar, so pena de reacciones brutales, más que obras orientadas, aun cuando más de la mitad de ese público no hubiera nacido en el momento de los hechos.
La radio y la televisión desprecian hasta ese punto a los oyentes y telespectadores, los consideran tan inmaduros, tan ingenuos, tan obtusos y tan desprovistos de sentido crítico —incluso de buen sentido a secas— que se niegan en ciertos temas a someter a la reflexión y al juicio de su auditorio testimonios no expurgados y documentos en su autenticidad bruta y brutal. Cada cual ha podido tener experiencia de ello muchas veces ante su aparato de radio o su pequeña pantalla. Ahora las cosas empiezan a cambiar, aunque sólo sea muy lentamente; pero no era así en 1976.
* * *
De ahí que al lanzarme a la realización de un programa que tenía por personaje principal a un general de las SS, condenado a muerte en rebeldía, refugiado en la clandestinidad y que sigue hoy proclamando su adhesión a Hitler y al nacionalsocialismo, me viera obligado a dar un gran paso.
Había leído varios libros de León Degrelle. Sabía de qué manera describía en ellos a ciertas personalidades belgas muy destacadas, desaparecidas o todavía vivas.
Era jugar a la dificultad y atraerme fácilmente la furia de muchos al lanzarme a semejante aventura.
He ahí por qué, a la pregunta indudablemente insidiosa del periodista que me interrogó a este respecto, respondí sin dudarlo que consagrar un «Dossier Negro» a Degrelle era jugar con dinamita.
Una semana más tarde leía con estupor en un semanario cuyo reportero me había entrevistado que yo «preparaba un “Dosier Negro” sobre Degrelle y que contaba ya con documentos inéditos que eran ¡dinamita!». Se comprueba cómo la mayoría de los entrevistados suelen ser víctimas inocentes y resignadas de ese tipo de extrapolaciones. Los reporteros de los periódicos sensacionalistas están acostumbrados a esas pequeñas traiciones. No era, ¡ay!, la primera vez que se me atribuía, por colegas distraídos o imaginativos, un propósito del que nunca les había hablado. Me contenté con alzar los hombros, sonreír y olvidar luego el incidente.
Pero quince días más tarde me llegó una carta de España. Era de León Degrelle. He aquí el contenido:
“Madrid, 11 de marzo de 1976.
León Degrelle
Querido señor:
He leído en Minute que uno de sus futuros «Dossiers Noirs» estará dedicado a Degrelle.
«Los documentos que usted posee sobre él son dinamita», se añade.
Es muy posible.
Ahora bien, sucede que el tal Degrelle, en contra de las esperanzas de muchos, todavía no ha muerto.
No es por tanto, descaminado pensar que un contacto directo con él podría añadir mordiente, e incluso aspectos inéditos, a su «dossier». Como el tal Degrelle soy yo, le manifiesto que estoy a su disposición, sin tapujos ni condiciones. Vivo una parte del año en Madrid (en invierno) y durante el verano en la Costa del Sol, cerca de Marbella. Hace buen tiempo y si le resulto decepcionante, al menos la región no le decepcionará.
En el fondo desconozco en absoluto qué sentido piensa darle a su trabajo. Quizá su intención sea, sin más, molestarme, lo que no me preocuparía en absoluto e incluso me reconfortaría. Hace ya treinta años que sufro de ese mal, al que estoy acostumbrado. Pero incluso para criticarme será el contacto directo lo más atractivo.
De todos modos, no le escribo para orientarle en su manera de enfocar el «dossier». Simplemente para decirle que existo; no querría que se dijera después: «ese hombre ha desaparecido en cuerpo y en bienes (en bienes, ¡sí!) y no tenemos la culpa de que algunas informaciones aparezcan después como inexactas». Aquí estoy, vivo y coleando, feliz, con las espaldas anchas y, si usted lo desea, a su disposición para que me escuche, y luego, me defienda o me destroce, según le parezca.
No puede más que agradarme una visita de un realizador original y famoso como usted, sea amigo o enemigo.
¡A sus órdenes!, como dicen los españoles.
Amistosamente suyo,León Degrelle”
Preparaba precisamente el rodaje de una nueva serie de los «Dossiers Noirs». La aventura era tentadora. El viejo dominio de la «exclusiva» excepcional que desazona a todo periodista me atenazaba.
Transmití la carta de León Degrelle a la dirección de FR3 y propuse, sin demasiada convicción, explorar el tema, sin ocultarles a los directivos que la realización de tal «dossier» podría suscitar problemas. Con viva sorpresa, recibí el acuerdo entusiasta, no sólo de la Cadena, sino también de los coproductores que participaban en la financiación de la serie.
Fue entonces cuando contesté a León Degrelle, precisándole que mi propósito no era defenderle ni atacarle, sino realizar eventualmente, y con ciertas condiciones, un trabajo rigurosamente objetivo y honesto. Le informé que estaba dispuesto a verle, pero que no debía en modo alguno considerar tal paso como un compromiso —como principio— de seguir adelante. La Cadena y yo mismo no adoptaríamos ninguna decisión más que después de esta primera entrevista.
* * *
León Degrelle me comunicó su conformidad y el 14 de junio de 1976 desembarcaba yo en Madrid. El antiguo jefe del Rex acechaba mi llegada en la acera del inmueble en que vive, con un apellido supuesto. Esbelto, nervioso, jovial y perfectamente a sus anchas, con el aspecto de tener entonces cincuenta años, cuando contaba veinte más, me llevó hacia un apartamento aterrazado que domina todo Madrid. Por todas partes, muebles magníficos, cuadros, objetos de arte, preciosas antigüedades y los recuerdos de la epopeya personal del hombre político y del soldado que fue: bandera rexista, estandartes de la SS Valona, con la cruz de San Andrés, acuartelados por los garrotes rojos de Borgoña; condecoraciones alemanas y, entre ellas, en lugar destacado, el Collar de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble.
Durante ocho días le escuché y le pregunté sin descanso, atento a no ceder ante su prodigioso magnetismo personal, ni a su indiscutible poder seductor. Debo en verdad reconocer que no solamente no eludió nunca una sola de mis preguntas, incluso las más embarazosas, sino que contestó punto por punto, a fondo y con la franqueza más completa.
Abordamos todo, incluso los aspectos más negros del nazismo: la invasión del Oeste, el pacto germano-soviético, luego su denuncia, las persecuciones antijudías, los fusilamientos, los campos de exterminio en la URSS, los bombardeos terroristas, el lanzamiento de las VI y V2 sobre Londres y Amberes, Dachau, Buchenwald, Auschwitz, las causas del desastre alemán, la personalidad de Hitler y de los grandes jefes alemanes.
A riesgo de atraerme las iras de los maniqueos primarios y de todos aquellos para los cuales un alemán siempre será un «sucio boche» y un colaboracionista alguien totalmente innoble y despreciable, cualesquiera que fuesen sus motivaciones; en pocas palabras, para esas conciencias impávidas que condenan en bloque, someramente y sin apelación, a todos aquellos que han cometido el crimen inexpiable de no pensar como ellos, la simple lealtad y el respeto a la verdad me obligan a decirles que tuve frente a mí, durante una semana, a un interlocutor de una perfecta honestidad, amurallado, ciertamente, en sus ideas pero con una fe hasta tal punto sin falla, una convicción tan inquebrantable de su verdad y una sinceridad tan total, que en todo caso forzaban al respeto.
Le advertí antes de nada que si, por casualidad, la emisión se realizaba, sólo podría ser con la condición «sine qua non» de que participasen en ella todos los que él ponía en entredicho y todos los que yo juzgase indispensables para el mantenimiento de una estricta imparcialidad en la información de los telespectadores. No sólo suscribió sin dudarlo esta exigencia, sino que insistió él mismo en que interrogara a los que él consideraba como sus peores enemigos: el antiguo auditor militar general Van der Meersch y el ex jefe del Frente de la Independencia, el antiguo ministro comunista belga Fernand Demany.
* *
De regreso a París di cuenta a los responsables de la Cadena de mi visita a Madrid. El interés documental e histórico de la emisión les pareció tal que me confirmaron su intención de realizarla. Se decidió también que el programa dedicado a León Degrelle comportaría dos partes: una, cubre sus actividades políticas en Bélgica antes de la guerra como Jefe del Rex; la segunda, su aventura política y militar de 1940 a hoy. A condición, claro está, de que ambos programas guardasen, desde el principio al final, una rigurosa objetividad.
Mi primer gran cuidado fue comprobar lo que me había jurado León Degrelle; a saber: que nunca había sido perseguido ni condenado como criminal de guerra.
Conseguí que me comunicaran las listas oficiales de éstos, establecidas por los aliados, los alemanes, los israelíes y, sobre todo, por los soviéticos, puesto que de 1941 a 1945 León Degrelle había combatido sin interrupción en el frente del Este. Consulté igualmente las elaboradas por Simón Wiesenthal, que comprenden a todos los criminales nazis responsables de crímenes contra la humanidad. Su nombre no figuraba en ninguna de esas listas. El antiguo ministro de Justicia del gobierno belga de Londres, Antoine Delfosse, debía, por otra parte, confirmarme más tarde, frente a la cámara, que Degrelle nunca había sido un criminal de guerra «en el sentido de Nuremberg». La exposición de motivos de su condena a muerte no revela tampoco con relación a él ninguna acusación de crimen de guerra, ni de participación, cualquiera que sea, en ninguna acción de represalias.
Si hubiera sido diferente habría renunciado inmediatamente a todo proyecto de emisión que le concerniera. Pero León Degrelle no fue condenado a muerte más que por haber empuñado las armas contra los aliados de Bélgica y por haber constituido un ejército para ello.
* * *
Establecido este primer punto tomé contacto con los diferentes medios que León Degrelle había mencionado en el transcurso de nuestra entrevista: el ayudante de campo del ex rey Leopoldo III, el coronel barón van Cauberg; el ex primer ministro belga de Schryver; el antiguo ministro de Justicia, Delfosse; el barón Rielandt, director de la Agencia Belga; el coronel De Lovinfosse, el soldado más condecorado de Bélgica, que, provisto de la previa autorización del primer ministro belga en 1945, Achille Van Acker, preparó el rapto de Degrelle en San Sebastián, y el juez Melot, notorio resistente belga, que preparó otro secuestro de Degrelle, esta vez en Andalucía. (Degrelle debía ser conducido a Sevilla, donde, con la complicidad de ciertas autoridades españolas, pretendían enviarle a Bélgica en un avión. Alertada la embajada de Bélgica en Madrid, se anuló una vez más la operación por orden expresa de Paul-Henri Spaak.)
En cuanto al ex ministro comunista Demany, éste no quiso saber nada.
Escuché igualmente a André Francotte, enrolado en las Fuerzas Belgas libres en Inglaterra y luego destacado como corresponsal de guerra cerca de los americanos. Como tal, fue el primero, en 1945, en volver a ver y entrevistarse con Degrelle, entonces internado en el Hospital Mola de San Sebastián y en negociar con él las condiciones de su entrega a la justicia belga, que acababa de condenarle a muerte en rebeldía. Entrevisté también a Robert Poulet, uno de los más importantes periodistas y de los mejores escritores belgas de antes de la guerra, que no lleva ciertamente a León Degrelle en su corazón.
Como yo quería rodear a mi emisión de todas las garantías posibles y asegurarle una rigurosa objetividad, me vi también en varias ocasiones, en París y luego en Bruselas, con el hombre que León Degrelle tiene por el peor de sus enemigos: el ex fiscal general del Tribunal Supremo, Ganshof van der Meersch, uno de los más altos magistrados de Bélgica y del Tribunal de Justicia europeo de Estrasburgo. Auditor militar general en 1940, es él quien, en contacto con el ministro de Justicia de la época, redactó las listas de los sospechosos que fueron detenidos en la madrugada del 10 de mayo de 1940. Degrelle, y también el líder de los nacionalistas flamencos, Joris van Severen, figuraban entre esos desdichados, entregados unos días más tarde a la Seguridad militar francesa, y de los cuales veintiuno fueron asesinados cerca de Abbeville. Tras la liberación, es él quien organizó y supervisó las actividades de los tribunales militares encargados de la persecución y represión del incivismo en Bélgica.
Sólo después de ese largo trabajo de encuesta, preparación y documentación, completada por la lectura de casi todo lo que se ha escrito sobre el tema, fue cuando, en octubre de 1976, inicié el rodaje de mis dos emisiones.
Durante una semana, a razón de ocho horas al día, en Madrid y cerca de San Sebastián, León Degrelle revivió literalmente su vida y su carrera ante mis cámaras, me rememoró sus mítines, sus combates y sus discursos con una intensidad, una pasión y una convicción tales que el agotamiento ponía a prueba a este gran herido de guerra. A la mañana siguiente, borradas las fatigas de la víspera, milagrosamente, le encontraba más gallardo y con más vitalidad que nunca. Recogí así 72 cajas de 120 metros de película (8.460 metros), doce horas de filmación y casi veinte horas de banda sonora.
Por otra parte, yo disponía de miles de metros de películas de archivos y de cerca de mil fotos, la mayoría de ellas inéditas. El montaje me ocupó cinco meses.
De todo ese material guardé dos horas y media de emisiones, que, una vez terminadas, sometí a la aprobación de la FR3. Con la reserva de una mínima supresión y del añadido, al principio del programa, de una advertencia que ponía en guardia a los televidentes contra el temible talento oratorio de León Degrelle, y les recordaba las terribles realidades de la ocupación y del régimen nazi, mis dos emisiones recibieron la aprobación completa de la Televisión francesa. No me pareció inútil señalar, de paso, que además de Maurice Cazeneuve, entonces director de FR3, los dos representantes de la Cadena que supervisaron mis dos películas y le otorgaron el «imprimatur» eran M. Degliame Fouchet, responsable en aquel entonces de las emisiones documentales, gran resistente comunista durante la guerra, nombrado después alto comisario en la zona de ocupación francesa en Alemania, y madame Michèle Rebel, que durante la guerra sirvió en las Fuerzas Francesas libres en Inglaterra.
Las dos partes de mi «Autorretrato de un fascista» fueron proyectadas, tanto en Bélgica como en Francia, ante auditorios cada vez más amplios y que no incluían —lejos de eso— sólo partidarios de Degrelle.
En Bélgica, varios abogados especializados, el presidente de la Liga de los Derechos del Hombre, un miembro del Gabinete del primer ministro, Léo Tindemans; altas personalidades judías, hombres de la izquierda, numerosos periodistas, y especialmente los miembros de la Asociación de la Prensa Europea; muchos resistentes, como el general Henri Bernard, presidente de honor del Comité de Acción de las Fuerzas Belgas de Gran Bretaña, que reagrupa a la Federación Nacional de ex combatientes de la Brigada Pirón; agentes paracaidistas y muchas otras organizaciones patrióticas, vieron mis dos emisiones.
Si, claro está, muchos de esos televidentes no han modificado sus sentimientos respecto a León Degrelle, todos, sin embargo, me expresaron su aprobación, por no decir su entusiasmo, y estuvieron de acuerdo unánimemente en reconocer la imparcialidad y la total objetividad de mi trabajo.
Lo mismo ocurrió en Francia, donde casi trescientas personalidades tuvieron la primicia de mis emisiones en el curso de varias proyecciones privadas. Entre los espectadores había parlamentarios, numerosos amigos judíos, resistentes, periodistas y escritores de izquierdas e incluso de extrema izquierda.
FR3 programó las dos emisiones de «Autorretrato de un fascista», y numerosos periódicos enviaron sus reporteros a España para recoger entrevistas de Degrelle y publicarlas como primicias. Mas, de repente, la Cadena decidió aplazar «sine die» la difusión.
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¿Cuál fue el motivo?
Un inverosímil cúmulo de circunstancias. En primer lugar, una interpelación en el Parlamento francés del diputado comunista Ducolonné, el cual acusó a otra emisión dedicada a Eva Braun, amante y luego esposa de Hitler, de trivializar el nazismo. Era una falsedad. Mas la ira de los comunistas la habían desencadenado dos hechos recogidos en ese filme. Uno, el recuerdo de la agresión de la Unión Soviética a Polonia en 1939, poco después de que los nazis la invadieran. Y el otro, la evocación por el coronel de las SS, Schulze-Kossens, ayudante de campo de Ribbenrop, de las relaciones cordiales que había sostenido personalmente con Stalin, Molotov y Beria al firmarse el pacto germano-soviético, del que había sido testigo en agosto de 1939, pacto que garantizaba al Reich el suministro de abundante petróleo ruso para su ofensiva en el Oeste, unos meses más tarde.
Simone Veil representaba al gobierno en el Parlamento el día en que intervino Ducolonné. Ella no había visto la emisión sobre Eva Braun. Tampoco tuvo la honradez de hacer que se la proyectaran. Encolerizada por la dolorosa y legítima pasión que le embarga indefectiblemente al recordar los negros años del nazismo, cuyas malas acciones sufrió personal y trágicamente, prefirió suscribir ciegamente las acusaciones de los comunistas y condenó una emisión de la que no sabía nada. Raymond Barre, entonces primer ministro, sin informarse más y sin saber tampoco de qué se trataba, siguió sus mismos pasos.
Un detalle significativo es el de que este incidente decidió a la Televisión francesa a comprar y difundir precipitadamente la serie norteamericana «Holocausto», dedicada a la matanza de los judíos, y a lo cual se había negado enérgicamente hasta entonces.
A esta primera circunstancia se suma otra coincidencia.
La publicación por «Paris Match» de una entrevista que abiertamente trataba de producir un efecto de escándalo, y que un periodista, ávido de lo sensacional a toda costa, había obtenido del desvarío senil de Darquier de Pellepoix, comisario del gobierno de Vichy para Asuntos Judíos, refugiado en España. En esta entrevista Darquier —que moriría poco después— hacía una apología de las medidas racistas que había dictado durante su paso por el comisariado de Asuntos Judíos.
Este conjunto de incidentes externos resultó fatal para la programación de mi «Autorretrato de un fascista». FR3 prefirió aplazar la difusión. Sin embargo, se trataba de un trabajo que se me había encargado expresamente por contrato, que la Cadena había financiado íntegramente, con perfecto conocimiento de causa, e incluso aunque en alguna ocasión yo advirtiera de los riesgos del caso. Además por instinto de conservación personal yo había cuidado de tenerla bien informada, etapa tras etapa, del desarrollo de los preparativos, rodaje, montaje e incluso del contenido de las entrevistas que había recogido entre los diversos protagonistas. Por otra parte, ninguno de los responsables de FR3 adujo en ningún momento la menor crítica, ni siquiera la menor reticencia, sobre el resultado de mi trabajo. Además, mis emisiones se vendieron y proyectaron en el extranjero, y especialmente dos veces por la televisión canadiense.
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Resulta cómico el hecho de que esta decisión de la Cadena se produjo el mismo día en que el diario «Télépoche» me otorgaba un primer premio por el conjunto de mis «Dossiers Noirs». Por prudencia, el presidente de FR3 de entonces ordenó que se anulara la programación de todas las emisiones de la serie que aún quedaban por difundir. Entre otras, mis películas sobre los asesinatos de Martin Luther King y de Bob Kennedy, y sobre el «Sindicato del crimen» en Estados Unidos durante los años treinta. ¡Sólo se proyectaron dos años después!
Como yo no había cometido en todo este asunto ni la menor sombra de una falta profesional, no incurrí en la más leve reprobación oficial ni se me hizo ninguna observación. El presidente de la Cadena, que había seguido y aprobado la realización de mis dos emisiones desde el comienzo hasta el final, se contentó con dejarme marginado. Reserva de la que me sacó en seguida Jean-Louis Guillaud, entonces máximo directivo de TF1, pero que en otros tiempos había dirigido el nacimiento de mis «Dossiers Noirs» en FR3. Me ofreció que continuara mi serie en su Cadena, con el nuevo título de «Las grandes encuestas de TF1», lo que acepté inmediatamente.
Ya he perdido la cuenta de las innumerables proyecciones privadas que he tenido que organizar para satisfacer a cuantos se interesaban por mi «Autorretrato de un fascista», en Bélgica o en Francia. Mis dos emisiones se proyectaron en Holanda y en Quebec. Fue tal su éxito que la Televisión canadiense las programó casi de inmediato por segunda vez, y cintas de vídeo piratas obtenidas en Canadá aparecieron pronto en Bélgica y se vendían fácilmente a un precio entre 7.000 y 8.000 francos belgas.
Por último, numerosas televisiones —y en especial la BRT—, siguiendo mis pasos, se precipitaron en busca de León Degrelle, con el propósito de obtener entrevistas. Al contrario que en mis filmes, donde sólo tenían voz con carácter de igualdad el principal protagonista y sus adversarios, estas otras emisiones, a pesar de las promesas hechas a Degrelle, fueron adaptadas con comentarios venenosos que las transformaron en verdaderas actas de acusación, totalmente desprovistas de imparcialidad.
Sin embargo, aunque algunos pocos periódicos señalaron sus reservas sobre la oportunidad de proporcionar a León Degrelle el medio de expresarse, ninguno ha puesto en entredicho ni la objetividad de mi encuesta ni la conciencia profesional con la cual me dediqué a llevarla a cabo y a presentarla. Mi único propósito ha sido siempre registrar tal o cual «momento histórico», conservar un documento clave, un testimonio esencial para el historiador futuro, poner ante los ojos del público acontecimientos sobre los cuales, sin ello, correría el riesgo de no poder formarse nunca una opinión personal, pues sus protagonistas, sus testigos oculares, desaparecerán un día. Sólo he querido, en el caso de León Degrelle, ser un testigo de mi tiempo: simplemente un ojo y una oreja que captan y restituyen.
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Esos dos filmes, sin embargo, no contenían más que una parte reducida de lo que Degrelle me había dicho durante veinte horas. So pena de realizar una película muy larga, me hubiese sido evidentemente imposible integrar, en las dos partes de «Autorretrato de un fascista», la totalidad del material que había reunido. En efecto, y a pesar de su duración —cada una de las emisiones totalizaba más de una hora y cuarto—, la película en su totalidad no contiene más que la sexta parte de todo lo que me ha dicho León Degrelle.
No obstante —y es el parecer del interesado y de todos aquellos, amigos o enemigos, que le conocen bien y que han visto el programa—, éste hubiera permitido, pienso, darse una idea exacta, sin complacencia ni traición, de lo que fueron la vida, la carrera, la evolución, las ideas y la doctrina del que sigue siendo uno de los personajes más explosivos y más ricos en colorido de los decenios treinta y cuarenta.
La emisión de la película quedaba excluida, pero había además un considerable material inédito y apasionante, y singularmente relatos, declaraciones y revelaciones que yo me había prohibido a mí mismo lanzar por las antenas de la televisión. Su lado explosivo, acusador o demasiado personal, hubiera desencadenado, a ciencia cierta, antes incluso que los de madame Veil, los furores inmediatos y sin apelación de la censura y una serie de incidentes diplomáticos graves que una empresa estatal, directamente dependiente del gobierno francés, no podía correr el riesgo de provocar. Degrelle fue el primero en reconocer que una selección radical debía operarse sobre sus declaraciones, a menudo apasionadas y de una terrible agresividad, sin excluir a nadie, mientras que una cadena de televisión oficial debe cuidar de sus espectadores, y más aún de sus ministros tutelares. Por eso registré en diversas ocasiones, sobre los mismos acontecimientos, declaraciones moderadas y declaraciones violentas de Degrelle. He utilizado los textos más atemperados para mi montaje, pero quede bien claro que con el acuerdo del interesado.
Asimismo excluí de la película las dudas emitidas por Degrelle sobre la existencia de cámaras de gas y sus alusiones al problema judío, propósitos que hubiesen dado lugar a polémicas.
Finalmente, me he callado algunas de sus confidencias de orden espiritual, ya que los televidentes podían ser reacios a declaraciones de tipo religioso.
No obstante, esos textos habrían tenido su interés, aunque no fuera más que por su carácter polémico.
También he pensado que tras la puesta en el índice de la película, podría ser interesante ofrecer al público las entrevistas íntegras que Degrelle me concediera.
Tal es el objeto de la presente obra.
Contiene el material en bruto de estas entrevistas, tal como me fue entregado al azar de mis preguntas y tal como se volvió a transcribir de las bandas de sonido que grabé. No he querido quitar nada de su espontaneidad, de su calor humano, de su parte hablada, fuese imprecatoria o declamatoria.
Por ello la cronología está algunas veces alterada o cortada por digresiones. Puedo atestiguar que. según nuestros acuerdos. Degrelle se ha limitado a acicalar ese borrador sonoro. Dicho eso, cada línea de este texto ha sido releída y aprobada por él. Se trata, pues, de un documento auténtico, completo y tomado en vivo.
«Un texto hablado —nos ha escrito Degrelle— se resiente siempre de la rapidez de su creación. Pero con ello sólo adquiere más sinceridad. Está como proyectado del fondo mismo de la conciencia. No tengo nada que retirar de lo que he confiado a «Dossiers Noirs». Autorizo sin reservas su publicación.»
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Quisiera señalar, en todo caso, que he comprobado escrupulosamente la autenticidad de todos los hechos mencionados por él en mis dos emisiones. Ante la televisión no podía arriesgarme a la menor acusación de inexactitud. o simplemente de ligereza, sobre unos temas tan explosivos. Y ello por simple instinto de conservación. Yo no estaba dispuesto a arruinar mi reputación como periodista e historiador por agradar a quien fuese o por afán sensacionalista. Además, tampoco soy suicida ni masoquista.
Todos los hechos relatados eran exactos, aunque Degrelle les diese su propia interpretación. Y añado que ninguna de las numerosas proyecciones semipúblicas (especialmente la de un cine de Bruselas ante quinientas personas de lo más dispares), ni la difusión de mis dos películas en las cadenas extranjeras de televisión, me han ocasionado el menor desmentido o la más mínima reprobación por los acontecimientos evocados.
Algunas de las manifestaciones de Degrelle son de una extremada violencia. Ciertas interpretaciones suyas pueden rechazarse. Pero los hechos sobre los cuales él se explica a su manera son reales y están comprobados. Que cada uno se forme su propia opinión, de acuerdo con su conciencia. Considero a los lectores de este libro suficientemente maduros para ejercitar su sentido crítico y juzgar por sí mismos.
Mi papel —como el de FR3 cuando la dirección de la Cadena me encargó que realizara «Autorretrato de un fascista»— se limita a presentar ante la reflexión y el juicio de aquellos a los que interesa la verdad de las personas, tras la de los hechos, un material en bruto que muestra a León Degrelle tal como es, tal como se ve y tal como el juzga su aventura política. Después de cuarenta años, una censura feroz y total ha impedido que se le ofrezcan imparcialmente a la opinión pública todos los elementos del «dossier».
Es decir, la publicación de «su» verdad no implica por mi parte y de ningún modo el menor compromiso político o personal. Como tampoco lo supuso la publicación de las entrevistas en exclusiva que me concedieron los demás personajes relevantes de mis «Dossiers Noirs», tales como Menahem Begin, Tschombé, James Earl Ray (presunto asesino de Martin Luther King), Mark Lañe, abogado de Lee Harvey Oswald (presunto asesino de John Kennedy), y más tarde Jones, el profeta loco del suicidio colectivo de Guyana.
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Si, al cabo de diez años, me he decidido a permitir la publicación de las declaraciones que me hizo Degrelle —y subrayo que me he negado a cualquier derecho de autor y que este libro no me reportará un céntimo—, es porque considero inaceptable que se pueda amordazar a alguien, cuando todas las naciones llamadas civilizadas se han comprometido solemnemente, en numerosos tratados y declaraciones públicas, a dejar circular libremente las ideas y los escritos, y no digamos ya las personas.
Porque me parece inaceptable que, en nombre de los acuerdos de Helsinki, se acuse a la Unión Soviética, cuando aquí nuestros gobernantes hacen encarcelar a Roger Delpey por haber revelado algunos hechos del asunto Bokassa, o «cesan» al periodista Philippe Simonnot por publicar documentos secretos relativos al petróleo.
Porque resulta inaceptable que los editores y los medios informativos difundan con agrado y con un máximo de publicidad las declaraciones incendiarias y las incitaciones al crimen de los peores terroristas y demás extremistas, bien sean izquierdistas, chiitas, etc., o incluso saquen entrevistas con destacados criminales, como Mesrine, Rouillan, Spaggiari y otros salteadores de los trenes postales ingleses, mientras que se niega sistemáticamente cualquier derecho a la palabra y a su propia defensa a un acusado del que, se piense como se quiera, la condena está dada por cumplida desde hace dos lustros, por la prescripción de los treinta años.
Porque para todos aquellos que sólo conocieron la guerra de oídas resulta imposible formarse una opinión objetiva sobre hechos que hasta ahora se han mantenido cuidadosamente ocultos, y sobre un personaje polémico que, por estarle prohibido hablar o escribir, nunca ha podido presentar su defensa, con verdaderas garantías de imparcialidad, ni ante un tribunal de su país ni siquiera ante la opinión pública, pues ello causaba pavor. Eichmann, Barbie y los peores torturadores han tenido abogados y el derecho a litigar su causa públicamente. León Degrelle, nunca.
Por tanto, y tal como lo ha manifestado ante mis cámaras el coronel De Lovinfosse, una de las personalidades más prestigiosas de la Resistencia en Bélgica, resulta inconcebible que, cuarenta años después de los acontecimientos que turbaron todos los espíritus, y que en todos los países verdaderamente democráticos terminaron en explicaciones, amnistías e incluso reconciliaciones, se siga persiguiendo a Degrelle —y sólo a él— en nombre de unas leyes de excepción hechas a su medida y nada más que para él.
Por un mero afán de equidad he autorizado la publicación de estas entrevistas que va a leer el lector.
Tal como verá, el caso de León Degrelle merece la pena.
Este informe —su «dossier»— se recoge aquí en su totalidad, tal como me lo expuso y lo defendió ante las cámaras.
Que juzgue cada cual.
JEAN-MICHEL CHARLIER

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