El judío en el misterio de la historia - Julio Meinvielle

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"El ANTISEMITISMO, como todos los demás anti, ha sido engendrado y robustecido por los mismos judíos. Esta raza divina e inmunda, cuyo castigo consiste en la obligación de castigar a los cristianos, de tal manera ha dominado a todos los pueblos donde se ha metido que ha llegado a ser, no obstante tener un territorio propio, una de las naciones dominantes de la tierra. Los cristianos se defienden, pero mal. PORQUE LO HACEN CON LOS SISTEMAS JUDÍOS. Los judíos no habrían llegado al puesto en que se hallan y no demostrarían tanto orgullo. SI LOS CRISTIANOS FUESEN REALMENTE CRISTIANOS y no hubiesen adoptado los mismos «alores judíos: la ambición del poder, del dinero, de la cantidad, etc.
La conversión de los cristianos al Cristianismo tendría por consecuencia el fin del semitismo; —y por ende del antisemitismo— y quizás la conversión de los mismos judíos a la Verdad crucificada en Judea."
Giovanni PAPINI (“Diccionario del Hombre Salvaje”)
Papini decía que la Argentina, con su nombre de plata, se hacía muy simpá­tica a todos los “mercaderes” internacionales.
En las modernas Babilonias de la soberbia y el vicio, la única aristocracia hoy reconocida y aceptada es la del dinero. “Al dinero obedecen todas las cosas”, dice el Eclesiastés. Por ello, tos judíos son LOS AMOS DE LOS REYES.
El IMPERIALISMO no existe. LO QUE EXISTE SON LOS JUDÍOS. Los judíos y el oro. Los judíos y la alta finanza. Los judíos y el capitalismo. Los judíos y el marxismo —¡dea talmúdica—. Los judíos y la Revolución de Octubre. Los judíos y la economía de los pueblos. Los judíos y la prensa mundial. Los judíos y el espionaje. Los judíos y la pornografía. Los judíos y la sinarquía. Los judíos y el sionismo. Los judíos y el antisemitismo. Los judíos, en fin, que viven dentro de los pueblos, pero sin asimilarse a ninguno, como con­fiesa —en su correspondencia con De Gaulle— el mismo Ben Gurion.
Por ende, nada se puede entender de la compleja trama de la historia humana silenciando o ignorando la “cuestión judía", que no es sino secundariamente un problema político, social y económico. Primaria y fundamentalmente es una CUESTION TEOLÓGICA —como demuestra eximiamente J. Meinvielle— regida por una ley teológica inexorable: la eterna lucha de Lucifer contra Dios, del viejo Adán contra el nuevo Adán, de la serpiente contra la Virgen, de las tinieblas contra la Luz. de la carne contra el Espíritu, de Caín contra Abel, de Ismael contra Isaac, de Esaú contra Jacob, de Faraón contra Moisés, del Dragón y de los judíos contra Cristo, que culmina en la pérfida oposición de la Sinagoga a la Iglesia y a su obra evangelizadora.
Porque el judío mercantiliza y carnaliza a las naciones otrora cristianas. Y el precio sigue siendo siempre el mismo: TREINTA DENARIOS.
Tomás HAVRAN

PREFACIO

Edición Documents-Paternité
El 8 de noviembre do 1963 se distribuyó entro los Padres del Concilio Vaticano II un bosquejo de documento sobre “la actitud de los católicos respecto a los no cristianos, especialmente los judíos”.
En tal proyecto de esquema se rinde homenaje a los judíos, no en cuanto raza o nación, sino en cuanto Pueblo Elegido del Antiguo Testamento. También se subraya que la parte que tuvieron los dirigentes judíos del tiempo de Cristo en la Crucifixión no exime de culpa a toda la humanidad, y que no os justo calificar a dicho pueblo de “deicida”, ni considerarlo “maldito” por Dios.
El documento señala así las entrañas de misericordia que la Iglesia ha tenido para los judíos. En rigor, no hay en esto novedad alguna: la Iglesia ha mostrado siempre entrañas de misericordia, y los Soberanos Pontífices han evidenciado permanentemente tal bon­dad en actos y palabras.
Pero el problema no se plantea desde el punto de vista de la Iglesia, sino de los judíos, quienes al rechazar a Cristo y su Mensaje se han constituido en enemigos de los pueblos al impedir su evan­gelización. Ese es, precisamente, el reproche que formulaba San Pablo a los judíos de su época cuando escribía (1, Tes., 2, 15-16):
"...los judíos, que mataron a Jesús y a los Profetas, y que a nosotros nos persiguen, disgustan a Dios y están contra todos los hombres, pues impiden que se predique a los gentiles y se les lleve la sal­vación”.
Los judíos se han erigido en enemigos del nombre de Cristo y de los cristianos que manifiestan este Nombre. Es un hecho, y la historia lo demuestra. Pese a todo, los cristianos tienen la obligación de amar a los judíos y de procurar su salvación. Allí radica el sentido del documento del Concilio Vaticano II en favor de los judíos.
Considerando la actitud de la Iglesia para con los judíos y de la de los judíos para con la Iglesia, este libro quiere descubrir la esencia de una y otra actitud.
Buenos Aires, 7 de marzo de 1964, fiesta de Santo Tomás de Aquino.
Julio Meinvielle
PREFACIO A LA PRESENTE EDICIÓN

Al cumplirse el próximo 2 de agosto el tercer aniversario de la desaparición de nuestro maestro, el Padre Julio MEINVIELLE, pre­sentamos esta quinta edición de su obra clave, que resume esplén­didamente la lucha de toda su vida consagrada al Reinado de Cristo y de Su Iglesia.
Otro gran luchador y erudito teólogo, como el Padre Leonardo Castellani pudo así con razón escribir, al dedicarle un ejemplar de “Los Papeles de Benjamín Benavidcs”:
“Al Dr. Julio MEINVIELLE, Pbro.  que escribió sobre el problema judío un libro, el " mejor que yo conozco”.
(Bs. As., 18-12-07).
En esta edición, totalmente revisada a fin de conservar fielmente el texto original, hemos corregido numerosas erratas que se habían deslizado en anteriores ediciones y controlado nuevamente todas las citas de la Escritura.
En homenaje a! tomismo del Padre Julio —al que consideraba una verdadera “gracia”— hemos agregado como Apéndice II la traduc­ción completa y por primera vez en la Argentina del De Regimine Judaeorum de Santo Tomás, al cual el Padre hace explícitamente referencia en el texto (cfr. pp. 27 y 53).
Con esta nueva edición creemos así haber realizado una obra útil para los dos grandes amores que tuvo su autor: la Iglesia y la Patria.
Buenos Aires, 21 de junio de 1976, festividad de San Luis Gonzaga.
Cruz y Fierro Editores.

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

No es posible disimular que el tema del presente libro es sumamente difícil y sumamente apasionante.
Difícil, porque el pueblo judío llena toda la historia de Dios y de los hombres. ¿Qué período de la historia se puede escribir sin mencionar a este pueblo? Sin mencionar a este pueblo glorificándolo o condenándolo, pero es forzoso hacer mención de él. Dos son los misterios de la historia, ha dicho un escritor judío (Ed. Fleg, JESUS RACCONTÉ PAR LE JUIF ERRANT, p. 177): ¡Jesús es un misterio como Israel es un misterio! Y cuando ponéis juntos estos dos misterios, ¿queréis que os diga lo que pasa? iHay un tercer misterio más misterioso, él solo, que los otros dos!
Apasionante, porque ¿quién puede ocuparse del judío sin un sentimiento de admiración o de desprecio, o de ambos a la vez? Pueblo que un día nos trajo a Cristo, pueblo que le rechazó, pueblo que se infiltra en medio de otros pueblos, no para convivir con ellos, sino para devorar insensiblemente su sustancia; pueblo siempre dominado, pero pueblo lleno siempre de un deseo insolente de dominación.
Más apasionante aún ahora, porque la dominación de este pueblo, aquí y en todas partes, va cada día siendo más efectiva. Porque los judíos dominan a nuestros gobiernos como los acreedores a sus deudores. Y esta dominación se hace sentir en la política internacional de los pueblos, en la política interna de los partidos, en la orientación económica de los países; esta dominación se hace sentir en los ministerios de Instrucción Pública, en los planes de enseñanza, en la formación de los maestros, en la mentalidad de los universitarios; el dominio judío se ejerce sobre la banca y sobre los consorcios financieros, y todo el complicado mecanismo del oro, de las divisas, de los pagos, se desenvuelve irremediablemente bajo este poderoso dominio; los judíos dominan las agencias de información mundial, los rotativos, las revistas, los folletos, de suerte que la masa de gente va forjando su mentalidad de acuerdo a moldes judaicos; los judíos dominan en el amplio sector de las diversiones, y así ellos imponen las modas, controlan los lupanares, monopolizan el cine y las estaciones de radio, de modo que las costumbres de los cristianos se van modelando de acuerdo a sus imposiciones.
¿Dónde no domina el judío? Aquí, en nuestro país, ¿qué punto vital hay de nuestra zona donde el judío no se esté beneficiando con lo mejor de nuestra riqueza al mismo tiempo que está envenenando nuestro pueblo con lo más nefasto de las ideas y diversiones? Buenos Aires, esta gran Babilonia, nos ofrece un ejemplo típico. Cada día es mayor su progreso, cada día es mayor también en ella el poder judaico. Los judíos controlan aquí nuestro dinero, nuestro trigo, nuestro maíz, nuestro lino, nuestras carnes, nuestro pan, nuestra le che, nuestras incipientes industrias, todo cuanto puede re portar utilidad, y al mismo tiempo son ellos quienes siembran y fomentan las ideas disolventes contra nuestra Religión, contra nuestra Patria y contra nuestros Hogares; son ellos quienes fomentan el odio entre patrones y obreros cristianos, entre burgueses y proletarios; son ellos los más apasionados agentes del socialismo y comunismo; son ellos los más poderosos capitalistas de cuanto dancing y cabaret infecta la ciudad. Diríase que todo el dinero que nos arrebatan los judíos de la fertilidad de nuestro suelo y del trabajo de nuestros brazos será luego invertido en envenenar nuestras inteligencias Y lo que aquí observamos se observa en todo lugar y tiempo. Siempre el judío, llevado por el frenesí de la dominación mundial, arrebata las riquezas de los pueblos y siembra la desolación. Dos mil años lleva en esta tarea la tenacidad de su raza, y ahora está a punto de lograr una efectiva dominación universal.
¡Y pensar que este pueblo proscrito, que sin asimilarse vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las vicisitudes más diversas, siempre y en todas partes intacto, incorruptible, inconfundible, conspirando contra todos, es el linaje más grande de la tierra!
El linaje más grande, porque este linaje tiene una historia indestructible de 6.000 años. El linaje más grande porque de él tomó carnes el Cristo, Hijo de Dios vivo.
Y bien, este pueblo que aquí y en todas partes, ahora y en los veinte siglos de civilización cristiana, llena todo a pesar de ser una infinitesimal minoría, ¿qué origen tiene?, ¿cómo y por qué se perpetúa?, ¿qué suerte le cabe en la historia?, ¿qué actitud hay que tomar frente a él? He aquí lo que espero explicar en los capítulos siguientes.
Explicar, digo, porque estas páginas pretenden ser una explicación del judío, y en este caso, la única posible, una explicación teológica. La Teología es la ciencia de los misterios de Dios. Los misterios de Dios son los juicios inescrutables del Altísimo que nos son conocidos cuando Él se digna manifestárnoslos. Sin su manifestación jamás podríamos ni vislumbrarlos.
Ahora bien, el judío, como enseña la Teología católica, es objeto de una especialísima vocación de Dios. Sólo a la luz teológica puede explicarse el judío. Ni la sicología, ni las ciencias biológicas, ni aun las puras ciencias históricas pueden explicar este problema del judío, problema universal eterno, que llena la historia por sus tres dimensiones; problema que por su misma condición requiere una explicación universal y eterna, que valga hoy, ayer y siempre. Explicación que, como Dios, debe ser eterna; es decir, teológica.
¿Será menester advertir que estas lecciones, que tocan al vivo un problema candente, no están de suyo destinadas a justificar la acción semita ni la antisemita? Ambos términos tienden a empequeñecer un problema más hondo y universal. En el problema judaico no es Sem contra Jafet quien lucha, sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el nuevo Adán, la Serpiente contra la Virgen, Caín contra Abel, Ismael contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo. La Teología Católica, al mismo tiempo que derramará la luz sobre “el misterio ambulante” que es todo judío, indicará las condiciones de convivencia entre judíos y cristianos, de pueblos hermanos que han de vivir separados hasta que la misericordia de Dios: disponga su reconciliación.
BUENOS AIRES, 1936
PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

La primera edición de me ensayo tiene ya más de veinte años. Pero su posición no ha cambiado en lo más mínimo. Ni podrá cambiar. Al examinar la razón del problema judío -que es un problema tan fundamental como la historia misma hemos tratado sobre todo de determinar su raíz. Y ella no está en la economía, ni en la política, ni en la sociología, ni en la antropología, sino únicamente en la teología. El pueblo judío es un pueblo sagrado, elegido por Dios de entre todos los pueblos para cumplir la misión salvífica de la humanidad, cual es la de traernos en su carne al Redentor, Y este pueblo se ha hecho, en parte, infiel a su vocaci6n, y por ello cumple en la humanidad la misión sagrada y diabólica de corromper y dominar a todos los pueblos.
Este libro quiere ser una meditación -una simple meditación- sobre este punto preciso, para destacarlo en toda su fuerza y hacerlo penetrar en la mente distraída del hombre moderno.
El estudio de este punto nos ha conducido a introducir en esta tercera edición un cuarto capítulo, que se intitula “El judío en el misterio de la historia”, y en el cual se considera el papel excepcional que le toca desempeñar al judío en la historia y en la escatología. Esta consideración es también de tipo teológico, basada sobre la exégesis de los capítulos noveno, décimo y undécimo de la Carta de San Pablo a los romanos.
Al añadir este nuevo capítulo tuvimos mucho cuidado de no quitar nada de lo anterior. Sin embargo, el punto de vista general con que aparecía enfocado el problema a través de todo el libro era como transportado a otro nivel, que lo hacía menos polémico. Por lo mismo, preferimos cambiar el título con que aparecieron la primera y segunda ediciones, y denominar a esta tercera con el título del nuevo capítulo. Y así, en efecto, nuestro libro “El judío” se llamará, de ahora en adelante, “El judío en el misterio de la historia”.
Como han persistido hasta aquí las disensiones entre judíos y cristianos sobre la perversidad del T almud, verdadero y único libro sagrado del judío, hemos utilizado para esta edición el libro famoso del I. B. Pranaitis “Cristo e i cristiani nel Talmud”, donde su autor reproduce fotográficamente el texto hebreo de los lugares en que el Talmud se refiere a Cristo y los cristianos. A título de muestra, para que el lector tenga una idea exacta del valor del libro de Pranaitis, reproducimos en esta edición copia fotográfica de algunas páginas de dicho libro.
Las variantes que hemos introducido .en diversos pasajes de la presente edición no afectan en los más mínimo el contenido, sino que tratan de reforzarlo.
EL AUTOR.
Buenos Aires, en la fiesta de los
Santos Apóstoles Redro y Pablo de 1959
PRÓLOGO A LA SEXTA EDICIÓN

I. He aquí un libro profundamente serio. Y si la afirmación resulta obvia dada la eximia capacidad del autor, no lo es en cambio por la naturaleza del tema tratado.
Tanto se ha dicho y escrito sobre la persecución a los judíos; tanto se han sensibilizado los pensamientos con el fantasma del totalitarismo; tanto se ha condicionado a la opinión pública con la acechanza ­supuestamente constante ­del antisemitismo; y tanto se ha fantaseado en torno del presunto resurgimiento del Tercer Reich, que es imposible encarar críticamente el problema judaico sin ser acusados con repetidos apriorismos.
El de “nazi” es el primero e insoslayable, y al parecer sólo preocupa el nazismo en lo que tiene de antihebraico. Jamás se recuerda a la hora de las admoniciones, su odio a Cristo y al Catolicismo1; como jamás invocan ­los que tanto gustan de ostentar repudio al Nacionalsocialismo ­, su manifiesto rechazo por la Cruz y por la Iglesia, rechazo cuya paradojal similitud con ciertas prescripciones rabínicas, no ha dejado de llamar la atención de algunos observadores. Pero además, quien objete, cuestione o enjuicie al judaísmo, será un “panfletario” y si es posible, un demente. Nadie osará nunca concederle los rangos de la cordura y del saber científico.
Así las cosas ­e incluimos expresamente a la Argentina y a esta obra en la situación descripta ­valga nuestra observación inicial: He aquí, efectivamente, un libro serio. Escrito con el rigor metodológico de las ciencias, con la lucidez del servicio a la Verdad y con la necesaria caridad por aquello de San Agustín: “matar al error, amar al que yerra”. Cada tesis tiene una acabada fundamentación y un sólido respaldo. No encontrará el lector ni sesgo de heterodoxia, ni vanos apasionamientos, ni planteos antojadizos o fantásticos.
No se encontrarán tampoco, actitudes rencorosas o agresivas, de las que obnubilan el entendimiento y tuercen la conducta.
Meinvielle sabía muy bien lo que decía. Su sabiduría teológica era el fruto de un esfuerzo y de un don de la inteligencia. Con ella tornaba inteligible todo el curso de los tiempos. Su rigurosa información política y social lo proveía de los elementos necesarios para mostrar la realidad con todas sus desgarradoras miserias, pero también, con sus recónditas esperanzas.
Pudo correr entonces, implacablemente, el velo de las nuevas y viejas “fábulas doctas” (2. Ped. 1, 16); y como los mejores apologistas, escribió con Fe, que aún perseguida y acechada, la historia culminará con el triunfo de la Fe; pero precisamente en el misterio de la Historia – de la historia teológicamente entendida, que es la única manera de entenderla ­halló la razón y la clave del judío.
II. El libro consta de cuatro partes fundamentales. En la primera “El judío según la teología católica”, Meinvielle comienza por centrar el análisis en su punto exacto; esto es, en y desde el ámbito teológico. Se equivocan los que ven en el judaísmo una cuestión política, económica, racial o cultural. Siéndolo sin duda, no se reduce a ello, ni deben confundirse los accidentes con la esencia. El judaísmo es, ante todo, una cuestión teológica. Sólo la teología puede develarnos el drama y el enigma del linaje más grande y más miserable de la tierra. El que fue elegido y el que prevaricó; el de la fidelidad de Abraham y la traición de Judas; el de Ismael e Isaac, el de Esaú y Jacob; el linaje que engendró a María y el que mató al Redentor.
Desde entonces, desde el crimen inefable del Calvario, no quedan más que dos caminos opuestos: el cristiano y el judío. Pero también, desde entonces, los judíos son “enemigos teológicos”, con una enemistad “universal, inevitable y terrible” de la que los cristianos han de precaverse y defenderse. Es más, están obligados a ello “hasta que la misericordia de Dios disponga el tiempo de la reconciliación”. Reconciliación que únicamente tendrá lugar ­conviene recordarlo en esta época de eclecticismos inauditos ­cuando los judíos reconozcan, acaten y amen fervorosamente a Nuestro Señor Jesucristo.
Coadyuvar a este reconocimiento, a este acatamiento penitencial y a este amor arrepentido, debe ser seguramente la razón principal por la que la Iglesia viene fomentando los vínculos con los judíos. Mas si este propósito no significa para los cristianos una misión inabdicable, tales vínculos, no sólo les serán inconducentes, sino riesgosos para la integridad espiritual, como en algunos casos viene sucediendo.
En la segunda parte: “El judío y los pueblos cristianos”, se formulan cuatro acusaciones tremendamente graves y ciertas: “1. cómo los judíos, llevados por un odio satánico, buscan la destrucción del Cristianismo;
2. cómo conspiran contra los estados cristianos que les dan albergue; 3. cómo se apropian de los bienes de los cristianos; y 4. cómo los exterminan, arrebatándoles las vidas, cuando pueden”.
Inútil aclarar a quien no se disponga a una lectura receptiva y serena, que estas formulaciones no son inventos, ni están motivadas por el odio; ni constituyen una incitación al antisemitismo, al que el autor condena expresa y categóricamente con la autoridad de la Iglesia.
Meinvielle no hace más que citar, por un lado, al Talmud y a representativos autores judíos, aclarando los ardides de que han intentado valerse para evitar su genuina lectura y difusión; tal el caso del Sínodo Israelita reunido en Polonia en 1631 o la conspiración contra la obra del Padre Pranaitis, finalmente asesinado.2 Pero, por otro lado, el Padre Meinvielle, funda sus acusaciones en la misma palabra del Evangelio y de la Iglesia; en aquellos documentos inequívocos en los que el Magisterio señaló la perfidia y la peligrosidad judía, la necesidad imperiosa de procurar su conversión, al par que preservarse de sus influencias negativas.
La tercera parte: “El judío y los pueblos descristianizados”, podría servir de respuesta a un interrogante básico, formulado a veces con sospechosa candidez: ¿qué han hecho los judíos?; ¿cuáles son en el tiempo sus obras y sus frutos? La verdadera respuesta nos lleva al misterio de la iniquidad. Porque indagando el acontecer humano, detrás de la iniquidad, asoma siempre el judío.
No nos estamos refiriendo a casos personales; no es este o aquel israelita que pueda señalársenos ­meritorio, abnegado o pecador como cualquier ser contingente ­el destinatario de semejantes afirmaciones. Es el espíritu judaico, la cosmovisión y el programa judío que viene desarrollándose implacablemente.
Desde las primeras persecuciones a los cristianos ­frecuéntense los Hechos de los Apóstoles, las Actas de los Mártires, las confesiones de los apologistas ­hasta los actuales embistes del Sionismo, es una constante comprobada que judaico es el sentido de la Revolución Mundial Anticristiana, como judaicos son sus planes, principios y protagonistas.
Judío fue el espíritu triunfante del Renacimiento y la Reforma, judía la inspiración que alienta a la Masonería; creaciones judías el Capitalismo y el Comunismo, y maquinación judía la crisis que asuela hoy a la Iglesia por las fuerzas combinadas del Progresismo y todas las corrientes desacralizantes.3
No vendrá ahora la sensiblería periodística a recordarnos tal o cuál invento o éste u otro benefactor de origen hebreo. No es a eso a lo que apuntaba nuestra pregunta, ni es tampoco ­como vimos ­la contestación esencial que objetivamente nos da la historia.
La verdad es que se ha absolutizado lo fáctico, pero los mismos que han optado por este rumbo le vuelven las espaldas a determinados hechos, cuando ellos no sintonizan con sus propios artificios ideológicos.
La cuarta parte: “Los judíos en el misterio de la historia y de la escatología”, nos reúne nuevamente en feliz culminación y síntesis ­con los primeros principios teológicos. La historia no se entiende sin Dios, porque él es el Señor, el Autor y el Eje de los siglos. El sentido del transcurrir no está dado ­como quieren los historicismos ­por la supuesta distancia entre un origen simiesco y un porvenir de progreso continuo, sino por “el tiempo que se necesita para que los pueblos abracen la fe cristiana”. Sólo en la convergencia en Cristo encuentran los hombres y las naciones su significado histórico. Y esto vale de un modo particularísimo para los judíos.
Se convertirán sin duda al final del camino; pero ese camino lo recorrerán ­lo vienen recorriendo ­sembrando los gérmenes de la subversi6n y la ruina, corrompiéndolo todo. Irán errantes por los senderos del mundo ­humillados y humillando ­hasta que adoren a Aquél a quien no quisieron conceder ni un instante de reposo.
Es su castigo y su culpa. Y es el acicate para que los cristianos ejercitemos el bien y libremos el buen combate. Porque acertadamente dice el Padre Meinvielle que “hay que sacudir con energía viril esta dominación mortífera afirmando y consolidando la vida cristiana en los pueblos y reprimiendo directamente las acechanzas judaicas con la táctica franca y resuelta de la espada”. Esto es, protegiendo y afianzando el Orden Natural con los recursos legítimos y responsables de la Justicia.
III. Entre nosotros la reedición de este libro no podía ser más oportuna. En el momento de escribir las presentes líneas, la Argentina ya ha sido vapuleada ante diversos foros internacionales por supuestas actividades antisemitas. En nombre de los derechos del hombre, se violan impunemente los deberes para con la Verdad, para con la soberanía de las naciones y hasta para con Dios.
No es la primera vez que esto ocurre, pero hoy la paradoja resulta intolerable. Y decimos paradoja porque en rigor, es nuestro país el invadido, copado y elegido por el Poder Judío buscando sus propios beneficios y conveniencias estratégicas. Para afirmar esto no necesitamos acudir a ningún esotérico plan patagónico ni a discutidos protocolos. Son los mismos judíos quienes lo han sostenido con más o menos sutileza.4 Son los mismos judíos los que evidencian a diario ­medios de comunicación, industrias, bancos, nego­cios, profesionales, oficios, empresas, logias, consorcios y un larguísimo etcétera ­la imbricada red de ocupación que han tendido sobre la Nación.
Tampoco necesitamos apoyarnos en la autoridad de pensadores “reaccionarios”; léanse ciertos escritos de Sarmiento y hasta de La Nación de Mitre5 y se comprenderá la vigencia de sus severas prevenciones y reparos por la presencia judía en nuestra tierra.
La Patria ha sabido librar una dura guerra contra el Marxismo. Las Fuerzas Armadas destruyeron sus formaciones en heroicos enfrentamientos, pero deben vencerse aún, tanto las fuentes nutricias de los males como sus tóxicos frutos. Y es aquí cuando se impone conocer al Judaísmo, pues dos errores deben ser cuidadosamente evitados en toda la apreciación que se haga del Marxismo.
Consiste el primero en explicarlo como un fenómeno social, político y económico; y el segundo, en creer que dicho fenómeno se halla en abierta oposición con el Capitalismo. Nada más ajeno a la verdad. Reducir el Marxismo a una expresión cultural, por real que esta afirmación resulte, es limitarse a  señalar sus consecuencias, pero negarse a buscar la causa. Y la causa del  Marxismo no es otra cosa que la apostasía orgullosa de la creatura frente al  Creador, la impía claudicación del alma ante la materia, la deserción de la Eternidad, la huida errante de la Cruz buscando los treinta dineros. El Marxismo es la locura deicida que después de entonar el criminal “Requiem aeternam Deo” culmina con el “homo homini Deus”. Muerto Dios, el hombre es el único dios para el hombre. Por eso el Marxismo ­que también se entiende teológicamente o no se entiende ­no podía sino ser una creación judaica. Porque el judío encarna como misión insoslayable la pérfida voluntad de subvertir. Es el crimen de Caín, la libertad de Barrabás, y la traición de Judas; es el ciego “non serviam” de Luzbel.
Esas mentes de post­guerra, tan amantes de las estadísticas, los sondeos, y tan prontas a simplificarlo todo, nos adeuda una explicación, porque desde Marx hasta Timerman, la larga, interminable lista de revolucionarios comunistas está constituida substancialmente por judíos. No se pretenderá balbucear una razón causal en esta época de las razones mensurables.
Queda aceptar, pues, y con valor de confesión, la tesis que tantos judíos defienden: “el judaísmo es el padre del marxismo y del comunismo”.6
Con respecto al segundo error enunciado, su rectificación exige la misma perspectiva teológica. El Capitalismo, el Poder del Dinero, el sórdido afán de poseer el oro, no es sino el otro rasgo innegable de la naturaleza judaica.
Desde la noche desértica de la Fe, que los movió a adorar a un becerro de oro (Éxodo 32, 4) hasta la conspiración del Sanedrín, la imagen más cabal del judío sigue siendo el Iscariote: por dinero, hasta se es capaz de crucificar al Amor.
Desde entonces, la subversión y el dinero han marchado en íntima unión. “Estiércol de Satán”, llama Papini al dinero, y se entiende que las heces del diablo sólo pueden conformar a sus hijos, los judíos, según olvidada enseñanza de Cristo (Juan, 8, 44).
La historia verdadera derrumba silenciosamente todas las ficciones, y el mito del Comunismo en las antípodas de los poseedores y los poderosos, cede desplazado ante el hecho innegable de que todas las revoluciones marxistas han sido y son financiadas por la plutocracia judía. La Argentina no fue en esto una excepción, y el famoso “caso Graiver” sólo se explica dentro de este contexto universal y teológico. Es el milenario ayuntamiento judío ­subversión y dinero ­que una vez más se ha cumplido triunfante.
Y restaría por enmendar un tercer error, tal vez el más contagioso. La necia suposición de que la Democracia liberal es la antítesis del Comunismo, y de que éste se combate con más democracia. Nos hablan tan claro en esto los ejemplos concretos que pueden obviarse los conceptos teóricos.
Basta volver los ojos hacia Europa, donde el Comunismo se ha enseñoreado en ella precisamente cuando dejó de ser una Pasión ­como noto Gómez Tello ­para convertirse en un mercado sufragista: Basta volver los ojos hacia América o hacia nosotros mismos.
Entiéndase de una vez por todas que la democracia es la Celestina ramplona del Comunismo Internacional. Ella es la vía natural, inevitable, obligada que conduce al terror bolchevique; ella es el puente lógico que necesita el Marxismo para cruzar e instalarse. Así, lo han afirmado con total naturalidad Marx y Engels, Lenin y Trotzky, Mao y Stalin, Castro y Allende y cuanta internacional, congreso o partido comunista se haya reunido hasta hoy. “El primer paso de la Revolución Obrera es la conquista de la Democracia”, dice el “Manifiesto”. “La República Democrática es el acceso más próximo a la Dictadura del proletariado”, explica Lenin en “El Estado y la Revolución”. Y así se ha cumplido con una precisión que muchos han olvidado.
¿O no fueron acaso los “grandes demócratas occidentales” los que entregaron en Yalta y Potsdam la mitad del mundo a la barbarie roja?, ¿o no fue la democracia la que permitió y contemplo alegremente en Rusia, Polonia, Hungría, Eslovaquia, Vietnam o América el triunfo sangriento de la hoz y el martillo?, ¿o no fue el demócrata Lanusse quien convocó al Poder al Gran Responsable de la subversión, cuyos cuadros de criminales escupieron a nuestros soldados, mientras ­por obra y gracia del “fallo inapelable del pueblo soberano” ­se entregaba el bastón presidencial al “hombre alfombra” del verdadero vencedor? Creemos necesario recordar ante la posibilidad de que se reiteren los mismos errores, lo que hizo el Marxismo en los años del gobierno más votado, más aplaudido, más democrático de cuantos se jactó conocer el país.
Nadie puede negar esta aserción terrible: la guerrilla marxista clavó sus garras en nuestra Patria bajo el patrocinio de la más pura demo­cracia liberal. Y a la hora del “festín de los corruptos”, la Democracia los convocó a todos y la Sinagoga no faltó a la tenebrosa cita.
Detrás de la iniquidad está el judío. Y estará también, cuando así lo disponga Dios, detrás de la Gloria y de la Gracia.
Pero en tanto, nos asiste el deber de combatir, de no dejarnos engañar, de conocer y saber, de velar v vigilar, de resistir con coraje y sabiduría.
A todo esto y mucho más, nos insta, nos ayuda y nos orienta este formidable libro del Padre Julio Meinvielle que ningún argentino debe dejar de leer; máxime si se considera con orgullo, católico militante al servicio de Cristo Rey.
ANTONIO CAPONNETTO
Buenos Aires, 25 de marzo de 1982, Anunciación de Nuestra Señora.
NOTAS:
1 Justamente ha sido el Padre Meinvielle ­tantas veces acusado de nazi con arbitrariedad y malicia­uno de los pocos que enjuició debidamente al Nacionalsocialismo. Véanse, entre otras, sus obras: Entre la Iglesia y el Reich, Ed. Adsum, Bs. As., 1937 y Hacia la Cristiandad, Ed. Adsum, Bs. As., 1940.
2 Nos referimos obviamente a Monseñor I. B. Pranaitis y a su libro “Christianus in Talmude Judaeorum, sive Rabbinicae doctrinae de christianis secreta”, publicada originalmente en 1892, por la Academia de Ciencias de San Petersburgo. El padre Meinvielle utilizó la edición fotocopiada y traducida al italiano de Mario de Bagni (Ed. Tumminelli y Cia., Milán, Roma, 1939) Pranaitis fue asesinado durante la Revolución Bolchevique.
3 Meinvielle se ocupó especialmente de este tema. Remitimos a su sólido trabajo“De la Cábala al Progresismo”, Editora Calchaquí, Salta, 1970.
4 Los planes para la dominación judía de la República Argentina pueden seguirse desde la obra de León Pinsker: Autoemancipación (1892) hasta cualquier número suelto de La Luz, Mundo Israelita o Nueva Sión, sin olvidar El Estado Judío de T. Herzl (1895), los proyectos de Hirsch con la Jewish Colonization Association (1891), la Historia y destino de los judíos de Joseph Kastein (1945), las Páginas Escogidas de Sigfredo Krebs e Isaac Arcavi (1949), la Historia del Sionismo de Wolf Nijelsohn (1945), Serás siempre David de Arieh León Kubovy (1953), Abraham León y el pueblo judío latinoamericano de Carlos Etkin (1954) y un larguísimo etcétera, que abreviaremos aquí con la sola aclaración de que estas obras han sido editadas cuando no difundidas libremente en todo el país.
5 Escribió Sarmiento: “Hay que perseguir a la raza semítica, que con Cahen, Rostchild, Baring y todos los sindicatos judíos de Londres y de París, nos dejan sin banca. Y los judíos Joachim y Jacob que pretenden dejarnos sin patria, declarando a la nuestra, articulo de ropa vieja negociable y materia de industria. ¡Fuera la raza semítica! ¿0 no tenemos tanto derecho para hacer salir del país a estos gitanos bohemios que han hecho del mundo su patria...?” (siguen otros conceptos similares). Véase: “Somos extranjeros”, artículo de Sarmiento publicado en El Censor en 1886 y recopilado junto con otros bajo el título “Condición del extranjero en América”. Lib. La Facultad. Biblioteca Argentina. Director Ricardo Rojas. Bs. As., 1928, pp. 260­-261.
En cuanto a La Nación refiriéndose al proyecto de venta de 1.300 leguas cuadradas al barón Mauricio de Hirsch, después de calificar de “vergonzoso, desventajoso e irregular esa venta de tierras fiscales”, aclara: “Todos los informes son desfavorables a la nueva población que ha de venir a incorporarse a nuestra vida. En todas partes donde los judíos se han reunido en número considerable han provocado cruzadas en su contra. Se afirma sobre hechos innegables que en general son sucios, indolentes, ineptos para las labores agrícolas” (Cit. por Terrera, G. A.: La Sinarquía. Bs. As., 1976, pp. 53­54; sin mención de editorial).
6 La frase esta tomada del órgano sionista Le droit de vivre. Paris, 12­5­1933.
ACLARACIÓN NECESARIA SOBRE EL LIBRO: "EL JUDÍO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA" DEL P. JULIO MEINVIELLE

Querido Amigo:
Quiera Dios guardarle y bendecirle siempre.
El Padre Julio Meinvielle ha sido un eminente escritor y teólogo que nosotros apreciamos mucho. Esta eminencia no exime de la posibilidad de alguna afirmación incorrecta que cualquiera puede realizar; el mismo Padre indicó, por ejemplo, al eminentísimo Padre Garrigou Lagrange los errores de Maritain que aquél había repetido inadvertidamente.
Allá por el año 1986-1988 fue motivo de una discusión con otros sacerdotes este libro y algunas de sus afirmaciones.
La Cuestión Judía entraña escollos y dificultades en los que es muy fácil encallar el navío sea en favor o en contra, generalmente por perder de vista algún principio teológico, o por ignorarlo en el caso de los legos, o por considerar sólo algunas afirmaciones de la Sagrada Escritura.
En el caso del Padre Meinvielle me da la impresión de haber sido introducido a este tema por terceras personas usando luego su genio propio para sacar profundas y veraces conclusiones. Es en los prolegómenos en donde yo veo la pata floja o la brújula corrida algunos grados con las gravísimas consecuencias de eso a la distancia. El Padre no sacó estas consecuencias o conclusiones simplemente porque no era su cometido y por eso quizás pasaron inadvertidas.
En aquella discusión a la que hice alusión, terminaron mis interlocutores con esta pregunta-afirmación: -¿Dirás que el Padre Meinvielle no leyó a Santo Tomás? Contesté que sin duda sí pero no exhaustivamente en este tema.
El Padre Meinvielle cita la Carta a los Romanos y es, por cierto, esencial; en sus citaciones es, evidentemente correcto, pero la conclusión a la que me referiré no es la misma de Santo Tomás.
Las traducciones del Comentario de Santo Tomás a las Epístolas de San Pablo que más circulan entre los tradicionalistas son de la Editorial Tradición (de México) de Salvador Abascal. Consta que este Señor es de origen dudoso y, curiosamente traduce mal las frases importantes.
Seguiremos nosotros una edición latina completa de los Comentarios de Santo Tomás de Aquino que la preocupación por este tema, ya de años, nos hizo leer y anotar.
La obra del Padre Meinvielle, repito, es muy buena pero en los prolegómenos se refiere al pueblo elegido de manera tal que él parecería tener siempre la prelacía y el primer lugar. Esto no es teológico. En la Fe católica la única prelacía es la del mérito. En el Cielo se distinguen los Santos sólo por su santidad o mérito alcanzado y, accidentalmente, por la “aureola” del martirio, la virginidad o la confesión de la Fe. No existe allí la aureola del judaísmo. Lo mismo vale para la tierra que tiene más o menos grandeza por relación a aquella del Cielo.
La edición que poseemos del libro del Padre Meinvielle, “El Judío en el Misterio de la Historia”, es la tercera, de la editorial Theoría de 1959, y me refiero al capítulo primero, en su subtítulo “Grandeza del Pueblo Judío”, en nuestra edición páginas 19 y siguientes. Dice el Padre Meinvielle:
Página 20: “Pero este linaje escogido siempre tendrá superioridad sobre los otros linajes de la tierra. Si acepta al Cristo será lo principal, lo mejor de la Iglesia. Será la raíz y el tronco de esa Oliva que produce frutos para la vida eterna, como enseña el Apóstol. Si rechaza a Cristo será también lo principal, es a saber, lo peor en el reino de la iniquidad”.
“… El Apóstol San Pablo… Subraya esta superioridad del judío en lo bueno y en lo malo (Rom. II ,9).”
“…  El judío es, entonces, primero en el orden de la bondad, en el misterio de la Gracia…”
“… Los gentiles… Si quieren entrar en la vía de salud tienen que entrar de limosna, aprovechando que algunos judíos serán rechazados para que ellos puedan ser injertados…” (“En la Oliva”, para el Padre Meinvielle aquí indica Israel).
(Nota nuestra: No parece muy acorde con la voluntad de Dios el que todos se salven; aún numéricamente los salvos serán muchos más que los judíos que no se salven.)
“Judío entonces el tronco del árbol que es la Iglesia,… Judíos los Patriarcas… Los Profetas… San Juan Bautista el Precursor… San José… La Madre de Dios… Nuestro adorable Salvador, etc.”. (página 20)
Son entonces tres cosas:
A). La superioridad de Israel en lo bueno y en lo malo, a saber, en la Gracia y el pecado, en la Iglesia y en la contra-Iglesia y, consiguientemente, en la Gloria y el infierno
B). Los gentiles convertidos hemos sido injertados en la Oliva=Israel fiel.
C). Judío nuestro adorable Salvador…
A). Ya dijimos que teológicamente la única superioridad es la del mérito que procede del grado de Gracia alcanzado en la tierra; grado que determina el de Gloria en el Cielo.
Dice claramente Santo Tomás: “… A los cuales el Evangelio es dado en salvación, tanto a Judíos como a Gentiles. Dios no lo es sólo de los Judíos sino también de los Gentiles. Y de allí agrega,           -primero al Judío, y al Griego (Gentiles)… Pero como más abajo dirá: -No hay distinción entre Judío y Griego ¿Cómo entonces dice: primero el Judío? Hemos de decir que en cuanto al fin de la salvación a alcanzar no hay distinción entre ellos. Se alcanza una igual merced para ambos… Cuanto al orden son primeros porque a ellos fueron hechas las promesas.” (Santo Tomás, Ad Romanos, Lección 6, Cap. I, Pags. 18-19, Marietti, Turín 1929, Tomo I).
Dice más adelante Santo Tomás: “En esto atribuye (el Apóstol) el primado a los Judíos, porque a ellos fueron hechas primero las promesas” (idem, Cap. II página 37).
Dice en la Lección cuatro sobre el Cap. II, Página 41: “Mostrando que los que cumplen la Ley se justifican aunque no la hayan escuchado (los Gentiles)… Los que la escuchan (Judíos) no se justifican si no la cumplen”.
Todavía más claramente explica Santo Tomás en el comentario al Cap. III, Página 44: “Se pregunta en qué sea más el Judío. Es más cuanto a la cantidad lo que se significa cuando dice mucho (vers. 2) y cuanto al número lo que se significa al decir de todas las maneras (idem vers. 2)… Más en la contemplación de las cosas divinas (que les fueron reveladas)”.
Si se trata de las promesas de grandeza hechas a David dice el Santo: “Ha de considerarse que la promesa hecha por Dios a David se cumpliría en la Encarnación de Cristo” (idem Página 46).
Y ya de una manera clarísima y determinante dice en la Lección II sobre el Capítulo III vers. 9 al 20, Página 48 y 49: “Luego que el Apóstol muestra  la prerrogativa de los Judíos sobre los Gentiles cuanto a los divinos beneficios, aquí excluye su gloria vana por la que se preferían a los Gentiles conversos a la Fe: ¿Qué diremos nosotros Judíos convertidos a la Fe? ¿Pasaríamos por delante de los Gentiles convertidos a la Fe?; y respondiendo dice: De ninguna manera.”
“… Parece esto contrario a aquello de que el Judío es más. A esto se responde en la Glosa que aquello (más) fue dicho de los Judíos del esse (existir) que tuvieron en tiempo de la Ley y esto lo dice ahora el Apóstol según el estado de la Gracia, porque, como dice en Colosenses III: En Cristo no hay Gentil y Judío, circuncisión o prepucio, a saber, no hacen diferencia cuanto al estado de Gracia. Y completa una líneas después: De donde no dice que el Judío sea más excelente sinó que le dieron algo más excelente (la Promesa), esto excluye la excelencia de las personas”. (idem Página 48 in fine).
La Lección IV de Santo Tomás comentando el Capítulo III, vers. 27-31 de la Carta a los Romanos lleva este título: “Se extirpa de raíz la gloria de los Judíos, que tenían en la Ley, y por la que se preferían a los Gentiles; y se dice que en todos debe verse por igual la justicia de la Fe siendo el Dios que justifica de Gentiles y Judíos…”
Concluyamos diciendo que tanto la bondad como la malicia son cualidades morales de los actos, ordenados o nó según la Ley de Dios y la recta razón. Si la bondad no procede de la sangre o ésta no agrega mérito, la maldad tampoco procede de ella sinó de las acciones y la mala voluntad del sujeto; claro está que si alguien reemplaza la Ley de Dios por las prescripciones del Talmud necesariamente odiará, y mucho, todo lo que no sea judío.
B). Los Gentiles hemos sido injertados en la Oliva (=Israel fiel).
Dicho esto así parece negarse todo lo que acabamos de probar. Todo está en preguntarse dos cosas y responderlas bien:
1. ¿Qué es esa Oliva? (Israel fiel)
2. Si es contra la naturaleza de los Gentiles dicho injerto.
1. Tanto Israel fiel como la Gentilidad han sido injertados en la Iglesia. La Oliva no es Israel sinó la Iglesia, para unos de la Promesa a cumplirse en Cristo, para otros de la Promesa ya cumplida. Es esencial recordar que Israel fue un pueblo teológico formado por Dios a partir de Abraham, racialmente Caldeo, por la Fe en la Promesa del Mesías; Promesa cuyo signo era la circuncisión, signo de creyentes en Quien vendría. Hoy esa Fe sobrenatural desaparecida en ellos se ve invertida, ya no son del pueblo que espera esto sino que los que son del pueblo es esto lo que esperan, a saber, el triunfo de Israel.
Entre los más grandes comentadores de la Sagrada Escritura se encuentra el Jesuita Cornelius a Lápide, de autoridad indiscutida y quien compendió las enseñanzas de los Santos Padres. En su Comentario a la Epístola a los Romanos, Cap. XI, vers. 17 al 20, del Comentario a todas las Epístolas de San Pablo, Tomo I, Edición II, Marietti, Turín, 1928, Página 261 hablando de aquella Oliva dice claramente parafraseando a San Pablo: “Tu pues, (oh pueblo Gentil) siendo acebuche (olivo silvestre, infructuoso de buenas obras por tu infidelidad e impiedad, porque eras Gentil) has sido hecho socio (partícipe) de la raíz y de la abundancia del Espíritu Santo, que los padres de los Judíos tuvieron, sobremanera Abraham Padre de los creyentes y de su posteridad, que fueron la Iglesia de Dios:  ESTA ES PUES LA OLIVA”. Por eso dice más adelante (página 262): “Los fieles y Santos Patriarcas a los cuales fue hecha la Promesa del Mesías, y que por lo tanto eran el Pueblo y la Iglesia de Dios”.
2. ¿Es contra la naturaleza del Gentil este injerto?
Otra vez debemos plantear bien el tema:
Israel del Antiguo Testamento por la Fe en el Mesías=Iglesia de Dios
Gentiles incrédulos=Acebuche silvestre.
Si por la Fe en Jesucristo se pertenece a la Iglesia basta tenerla para ser de ella, sea Judío o Gentil por nacimiento.
Cuando el Apóstol, entonces, dice “contra natura” entendamos contra la naturaleza de la Gentilidad que no era creyente por oposición al Israel fiel que sí lo era.
C). Judío Nuestro adorable Salvador, Nuestra Señora, San José, San Juan Bautista, etc.
Distingamos dos cosas: Nuestro Señor por un lado, los demás por el otro.
Los demás: ¿Eran judíos por la raza de su pueblo (por la raza fueron Caldeos) o fueron de su pueblo por la Fe en el Mesías prometido=Jesucristo único Mesías? Ciertamente por su Fe, luego, creyeron en Jesucristo como nosotros, ellos en el que vendría, nosotros en el mismo que ya vino. La Fe entonces fue común, la cronología dispar. Digamos mejor entonces: Católico Abraham, Católico San José, catolicísima María Santísima.
Nuestro Señor: Si se es Judío fiel del Antiguo Testamento o Cristiano creyente del Nuevo Testamento por la Fe y lo Judío no dice racialidad sinó Fe así como lo dice lo Cristiano, entonces Nuestro Señor es ajeno a esto ya que es el comienzo, el fin, la consumación, la misma Vida Eterna “Que te conozcan a Ti sólo Dios verdadero y a Jesucristo a quien enviaste” (San Juan XVII, 3).
Simplemente, Dios dispuso un pueblo teológico, según la Fe, en el Antiguo Testamento para que allí fuera preparado el nacimiento del Verbo Encarnado como manera más adecuada de preparar en un solo pueblo ese acontecimiento, anunciarlo, consignarlo, confirmar los anuncios proféticos por los milagros y prodigios de toda su historia, lo que difícilmente pudiera haberse  dado en un nacimiento en cualquier tiempo y lugar.
Agreguemos algo. Sinó fuera así como intentamos probarlo, si realmente la pertenencia física a Israel diera cierta prelacía, dignidad o relevancia a un converso, ¿No deberíamos tenerlo en mayor estima, admiración y veneración? ¿No habríamos de mirarlo en más que a nosotros pobres Gentiles conversos? Es claro que esto contradiría a San Pablo, pero además ¿Qué sucedería si dicho converso del Judaísmo al Cristianismo no lo fuera tal? Quiero decir si no se hubiera hecho realmente Cristiano o nó del todo, o sólo en apariencia. ¿No sería tal decepción una trampa gravísima para los incautos? ¿No sería un error que gustarían incentivar aquellos que hoy consienten al deicidio de ayer? Piénselo.
Nuestro Señor no sólo dijo que fuéramos simples como palomas, también que fuéramos prudentes. (San Mateo X, 16).
+Mons. Andrés Morello.
Junio 20 de 2008
*Las líneas que preceden corresponden a una respuesta a un particular que creímos útil transformarla en artículo.

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