Anillo de honor de las SS Totenkopf (modelo 4)

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Material plata
Medidas del 8 al 12 (ver tabla de medidas)
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El anillo de honor de las SS (en alemán: SS-Ehrenring) o Anillo de la calavera (Totenkopfring) fue en origen una distinción privada concedida por Heinrich Himmler a un máximo de 5.000 miembros de las SS. Más adelante se llegó a conceder el anillo a prácticamente todos los mandos de las SS.
En su interior estaba grabado S Lb (“Seinem lieben” o “a su apreciado”), seguido del apellido del portador, un facsímil de la firma de Himmler y la fecha de concesión. Así por ejemplo, "S Lb Meier H. Himmler 1.11.43" significaría "A su apreciado Meier de Heinrich Himmler, 1 de noviembre de 1943".







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Piloto de Stukas - Hans-Ulrich Rudel

Costo para la República mexicana $240 + envío $60 por correos de México o Fedex express $110
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Europa 11 envío 11 
Sudamérica 13USD envío 13USD
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Pags 291
Pasta blanda
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Hans-Ulrich Rudel , autor de este libro autobiográfico, inició la Segunda Guerra Mundial con el grado de subteniente y la acabó con el de coronel de la Luftwaffe. Según sus instructores, no se encontraba entre los individuos mas dotados para el pilotaje, no pasaba de ser una medianía. Le hubiera gustado pilotar un avión de caza pero tuvo que adaptarse a los Stukas, bombarderos que, al principio le parecieron pesados y poco manejables. No obstante, en ellos realizo 2.530 vuelos de guerra, con el resultado de la destrucción de 500 tanques rusos y el hundimiento del acorazado Marat. Al final de la guerra acabó con la única pierna que le quedaba escayolada. Fue el soldado mas condecorado de Alemania.De una página del libro: ...Picamos, el uno detrás del otro, en un ángulo que debe oscilar entre los 70 y 80 grados. Ya el «Marat» se encuadra en el visor, se agranda, se hace enorme. Todos sus cañones están apuntados directamente a nosotros y tenemos la impresión de precipitamos hacia un muro de fuego. Tanto peor, hay que pasar; si lo conseguimos, la infantería no se verá detenida a lo largo de la costa y pagará menos caro cada pulgada de terreno. De repente abro desmesuradamente los ojos: el aparato del capitán, del que estoy separado por sólo algunos metros, parece que literalmente me deja en el sitio. En pocos segundos lo veo ya lejos. ¿Es que en el último momento ha recogido los frenos para llegar más aprisa abajo? Naturalmente, lo imito de nuevo; a toda velocidad me precipito sobre la cola del avión delante de mí. Y entonces me doy cuenta de que mi avión es más rápido y que no puedo hacerme con él. En el instante de alcanzar a mi jefe percibo, justo delante de mí, la figura lívida del subayudante Lehmann, el ametrallador del capitán. Cree que de un momento a otro mi hélice cortará el timón de su aparato. Con toda mi fuerza empujo la palanca para acentuar mi ángulo de caída; debo de estar casi vertical. Un sudor glacial se desliza por mi espalda. El avión del capitán está exactamente debajo del mío. ¿Pasaré sin tocarlo, o iremos los dos a abatirnos en llamas?...Otro pasaje: ...Hecho curioso: la idea de rendirme pasivamente ni siquiera cruza por mi mente; en lo único en que pienso es en escapar, aunque sólo tenga una probabilidad entre cien de conseguirlo. En ningún caso quiero ser prisionero de los soviets; se pondrían muy contentos de tenerme. Prudentemente, vuelvo la cabeza para ver si detrás de mí la vía está libre; en seguida los tres rusos sospechan algo y uno de ellos grita “¡stoy!”(¡alto!). Tanto peor, me bajo bruscamente al mismo tiempo que giro sobre mis talones y me pongo a correr, zigzagueando sin cesar. A mi espalda se oyen tres detonaciones simultáneas y en seguida la metralleta empieza a escupir sus ráfagas. Siento un dolor lacerante en la espalda, pero continúo corriendo como una liebre, siempre zigzagueando; alcanzo la cima de una colina mientras las balas pasan silbando a izquierda y derecha. Los rusos me persiguen con una tenacidad desagradable: corren, se paran para tirar, vuelven a correr, se paran otra vez, disparan y no me atinan. Nunca hasta ahora había hecho un “sprint” parecido; es una pena que no haya un cronometrador en los alrededores, estoy ciertamente a punto de batir el record de los 400 metros. A cada paso, la sangre brota de mi espalda, debo luchar contra el desvanecimiento; un negro velo cruza ante mis ojos, aprieto los dientes diciéndome que el destino abandona sólo a aquellos que se abandonan a sí mismos.




La campaña de Rusia - Leon Degrelle

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Europa 15 envío 20 
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Pags 476
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Léon Degrelle, el más bisoño de los caudillos europeos, el jefe natural del movimiento palingenésico Rex, tenía el don de la palabra y la inspiración del poeta. Propugnaba con celo la revolución de las almas. En la hora sublime de la batalla decisiva, en la emplazada, acudió raudo a la cita en el Frente del Este con sus camaradas europeos. Tenía 33 años. Se alistó como soldado raso, como un «guripa» más, sin galones ni estrellas, a pesar de que se le ofreció entrar como oficial.
Léon Degrelle quería experimentar en sus propias carnes el sufrimiento y sacrificio de la defensa de Europa, compartir el rancho y la nieve, avanzar, marchar, soñar. Tenía como divisa el lema «quien no se expone no se impone». Ascendió por méritos de guerra a la jefatura de la comandancia de la División de voluntarios valones, finalizando la contienda con el grado de General de las Waffen SS. Siempre en el primer puesto de riesgo en el combate. Fue herido en cinco ocasiones, pero sus heridas profundas restañaban y volvía al campo de batalla, cada vez con la sonrisa más franca, jovial y abierta. Desafiaba la muerte. En su hoja de servicio se contabilizan 62 combates cuerpo a cuerpo. Recibió, por su comportamiento heroico, medallas y condecoraciones que hablan mudas del temple de guerrero y luchador ejemplar: la Cruz de Hierro de 1ª y 2ª clase, la Cruz del Mérito de Guerra con espadas, la Insignia de los Heridos, la Insignia de Plata de Asalto de Infantería, la Orden de la Sangre —Cruz de Borgoña—, el Distintivo de Oro de Combate cuerpo a cuerpo, la Cruz Alemana de Oro y la mitológica y legendaria Cruz de Caballero con Hojas de Roble que le fue impuesta personalmente por Adolfo Hitler, quien, de haber tenido un hijo, le hubiera gustado que hubiera sido de la estirpe de Léon… Ambos concebían a Europa como una gran nación.
Con la hipotética victoria de las tropas alemanas, en un nuevo Orden Europeo, León Degrelle quería que Bélgica tuviera un puesto digno dentro de esa nación europea. Dignidad que Bélgica obtendría con la sangre derramada por sus hijos en suelo ruso, combatiendo hasta el fin contra el Comunismo. Ellos expusieron cien veces su vida antes de encumbrar el nombre de su país en los aires de la leyenda, y, en 1943, la Legión de voluntarios valona era célebre en todo el frente del Este por su idealismo e intrepidez. En 1944, cuando la odisea de Tcherkassy, alcanzó la cima de la fama.
Esa sangre derramada ha elevado a los integrantes de la Legión Valona, y posteriormente a la “28 SS GrenadierDivision Wallonien” a la inmortalidad, con su jefe tanto militar como espiritual, León Degrelle, a la cabeza. La epopeya de los jóvenes belgas nunca será olvidada, y algún día los jóvenes europeos, se inclinarán ante estos héroes que sacrificaron su juventud en las frías estepas rusas.
Aun hoy, con la derrota consumada, la desgracia no los arredra. Nunca fué vana la grandeza; las virtudes templadas en el dolor y en el sacrificio pueden más que el odio y la muerte; tarde o temprano resplandecerán, igual que el sol que surge de las profundidades de la noche.
A través de la gesta de los voluntarios belgas — una unidad entre centenares de unidades — es el frente todo de Rusia el que surgirá, en los luminosos días de las grandes victorias, en los días más emocionantes aún de las grandes derrotas, impuestas por la materia, pero recusadas por la voluntad.
Lector, amigo o enemigo, contempla a estos guerreros; porque estamos en una época en que es preciso buscar mucho para dar con verdaderos hombres, y éstos, verás, lo eran hasta la médula.


PRÓLOGO

Fui, en 1936, el jefe político más joven de Europa.
A los veintinueve años hice vibrar las fibras más recónditas de mi país. Centenares de millares de hombres, de mujeres, de jóvenes, de muchachas, me seguían con fe y pasión ilimitadas. Como un huracán introduje en el Parlamento belga diputados y senadores a docenas, y estuvo en mi mano el ser ministro; con una palabra mía entraba en el juego de los partidos.
Pero me pareció mejor, al margen del lodazal oficial, el duro combate del orden, de la justicia, de la decencia, porque imperaba en mí un ideal enemigo de componendas y compromisos.
Ambicioné librar a mi país de las fuerzas del dinero, corruptoras del Poder, falsificadoras de las instituciones, ruina de la economía y del trabajo. Quise sustituir legalmente el régimen anárquico de los viejos partidos, envilecidos todos por asquerosos escándalos político-financieros, por un Estado fuerte y libre, disciplinado, responsable, representación de las verdaderas energías del pueblo.
No se trataba ni de tiranía ni de «fascismo», sino de sentido común. Un país no puede vivir en el desorden, la incompetencia, la irresponsabilidad, la inseguridad, la podredumbre.
Exigía autoridad en el Estado, solvencia en las funciones públicas, continuidad en las operaciones de la nación, un contacto real y vivo entre las masas y el Poder, una fructuosa concordia entre los ciudadanos, separados entre sí por luchas artificiales: luchas de clases, religiosas y lingüísticas, minuciosamente azuzadas por constituir ellas la vida misma de los partidos rivales que, con idéntica hipocresía, o se disputaban teatral-mente las ventajas del Poder o, con discreción suma, se las repartían.
Escoba en mano, arremetí contra esas bandas corrompidas, sanguijuelas del vigor de mi Patria, y las zurré de lo lindo, haciendo añicos, ante el pueblo, los sepulcros blanqueados que disimulaban sus ignominias, sus fechorías, sus lucrativas connivencias. Desencadenó sobre mi tierra un soplo de juventud y de idealismo, exaltando las fuerzas espirituales y los excelsos re-cuerdos de lucha y de gloria de un pueblo tenaz, laborioso, amigo apasionado de la vida, la abundancia y la belleza.
Rex fué una protesta contra la corrupción de una época. Rex fué un movimiento de renovación política y de justicia social. Rex fué, más que nada, un arranque fervoroso hacia lo grande, una ascensión de miles de almas ansiosas de respirar, de alzarse por encima de las bajezas de un régimen y de un tiempo.
Esa fué mi lucha hasta el mes de mayo de 1940.
La segunda guerra mundial — que yo había maldecido — lo trastornó todo en Bélgica, como en todas partes: instituciones viejas, doctrinas anticuadas se derrumbaron como castillos de madera corroída, podridos hacía tiempo.
Rex no estaba en modo alguno supeditado al Tercer Reich triunfante, ni a su jefe, ni a ninguno de sus propagandistas. Han sido cogidos los archivos todos del Tercer Reich. Pues bien: ¿ha descubierto alguien la más mínima prueba de que, antes de 1940, el rexismo dependiese, directa o indirectamente, de Hitler? Teníamos las manos y el corazón limpios; nuestro amor patrio, lúcido y ardiente, ignoraba cualquier compromiso.
La avalancha alemana dejó a nuestro país aniquilado.
Para el noventa y nueve por ciento de belgas y franceses, la guerra había concluido en 1940; la supremacía del Reich era un hecho; el régimen democrático y financiero, por su parte, dióse prisa por adaptarse a ella cuanto antes.
Los mismos que en 1939 insultaban a Hitler, forcejearon por postrarse antes que nadie a los pies del vencedor de 1940. Jefes de los grandes partidos de izquierda, magnates de las finanzas, propietarios de los principales periódicos, ministros masones de Estado, ex gobernantes: todos mendigaron, haciendo proposiciones, suplicando una sonrisa, una posibilidad de colaboración.
¿Ibase a dejar el campo libre a aquellos fantasmones desacreditados de los viejos partidos, a los «gansgters» de una hacienda que no reconoce más Patria que el oro, a siniestros piratas sin talento, sin dignidad, dispuestos a las más bajas faenas de servidumbre con tal de satisfacer su ambición o su codicia?
El problema no sólo era dramático; imponíase apremiante.
Casi todos los observadores consideraban a los alemanes como vencedores absolutos. Urgía, pues, decidirse. ¿Éranos lícito, por miedo a las responsabilidades, abandonar nuestro país a la corriente?
Durante varias semanas lo estuve meditando, y sólo tras solicitar y obtener en altas esferas un parecer completamente favorable me decidí a permitir la reaparición del periódico del movimiento rexista, «Le Pays Réel».
La colaboración belga, iniciada por nosotros a fines de 1940, desarrollábase no obstante en un ambiente difícil. Las autoridades alemanas de ocupación sentían mayor inclinación por las fuerzas capitalistas que por las idealistas. Además, nadie penetraba con exactitud los designios del Reich.
Con valor digno de encomio, el rey de los belgas, Leopoldo III, quiso enterarse y saber a qué atenerse. Pidió que Hitler le recibiera, y le fué concedida la audiencia. Pero, pese a toda su buena voluntad, volvió de Berchtesgaden sin lograr nada.
Resultaba evidente que nuestro país tendría que aguardar hasta la paz. Pero, ¿no sería entonces demasiado tarde? Antes de que concluyeran las hostilidades era menester ganarse el derecho de negociar eficazmente y de hablar con dignidad en nombre de un pueblo noble y antiguo.
Pero, ¿cómo llegar a tratar sobre semejantes bases?
La colaboración dentro del país no era más que un continuo roer, un cerco lento, una lucha de influencias cotidiana y abrumadora contra subalternillos cualesquiera. Aquella labor no sólo no conferiría prestigio a quien cargase con ella, sino que incluso lo desacreditaría.
No quise caer en la trampa. Yo buscaba y aguardaba algo distinto. Y eso se produjo súbitamente: la guerra de 1941 contra los Soviets.
Surgió entonces la ocasión única de ganarnos el respeto del Reich, a fuerza de combates, de sufrimientos y de gloria.
En 1940 éramos los vencidos ; nuestro Rey, un rey prisionero.
De repente, en 1941, ofrecíasenos la posibilidad de convertirnos en compañeros de los vencedores, iguales a ellos. Todo dependía de nuestro valor. Había llegado, por fin, la ocasión de conquistar el prestigio que, en el día de la reorganización de Europa, nos autorizaría a hablar con la frente alta, en nombre de nuestros héroes, de nuestros muertos, del pueblo que ofreciera su sangre.
Corriendo al combate en las estepas del Este hemos querido, claro está, cumplir con nuestro deber de europeos y de cristianos. Pero — lo decimos sin remilgo, y desde el primer día lo hemos proclamado escuetamente — hemos ofrendado ante todo nuestras juventudes para garantizar el porvenir de nuestro país en el seno de una Europa redimida. Por ese país es por quien, en primer lugar, han caído varios millares de camaradas nuestros. Por él, miles de hombres lucharon, lucharon durante cuatro años, sufrieron durante cuatro años, sostenidos por esa esperanza, impulsados por esa voluntad, alentados por la seguridad de que iban a alcanzar la meta.
El Reich perdió la guerra.
Pero hubiera podido ganarla.
Hasta 1945 la victoria de Hitler fué posible.
Tengo la seguridad de que, de haber vencido, Hitler habría reconocido a nuestro pueblo el derecho a vivir y a ser grande, derecho que para él fueron mereciendo, poco a poco, duramente, nuestros miles de voluntarios.
Dos años enteros de luchas épicas fueron menester para forzar la atención del Reich. En 1941, la Legión belga antibolchevique «Valonia» pasó inadvertida. Nuestros hombres multiplicaron los actos de valor, expusieron cien veces su vida antes de encumbrar el nombre de su país en los aires de la leyenda, y, en 1943, nuestra Legión de voluntarios era célebre en todo el frente del Este por su idealismo e intrepidez. En 1944, cuando la odisea de Tcherkassy, alcanzó la cima de la fama. El pueblo alemán, más que cualquier otro pueblo, es sensible a la gloria de las armas. Nuestra posición ante el Reich se reveló única, incomparablemente superior a la de los demás países ocupados.
En dos ocasiones aquel año vi largamente a Hitler; visita de soldado, pero que me reveló inequívocamente que teníamos ganada la partida. Estrechándome con fuerza la mano en sus dos manos, al despedirse de mí, Hitler me dijo, con vibrante afecto: «Si tuviera un hijo, querría que fuera como usted.» ¿ Cómo me habría rehusado luego para mi Patria el derecho de vivir dignamente? El sueño de nuestros voluntarios era realidad: en el caso de una victoria alemana, habían asegurado rotundamente la resurrección y la grandeza de su pueblo.
La victoria aliada ha inutilizado de momento aquel terrible esfuerzo de cuatro años de combate, el sacrificio de los caídos y el calvario de los supervivientes.
El mundo se ceba hoy en los vencidos; condena a muerte a nuestros soldados, a los heridos y a los mutilados, o bien los acorrala en campos y prisiones infames. Nada respeta, ni el honor del combatiente, ni a nuestros padres, ni nuestros hogares.
Pero la desgracia no nos arredra.
Nunca fué vana la grandeza; las virtudes templadas en el dolor y en el sacrificio pueden más que el odio y la muerte; tarde o temprano resplandecerán, igual que el sol que surge de las profundidades de la noche.
Y, en el porvenir, tal rehabilitación no bastará. Los hombres no sólo se inclinarán ante el heroísmo de los soldados del frente oriental de la segunda gran guerra; dirán, además, que éstos estaban en lo cierto; que tenían doblemente razón: negativamente, ya que el bolchevismo representa el fin de cualquier valor; positivamente, puesto que la Euro^. unida por quien luchaban constituía la única — quizá la última — posibilidad de sobrevivir para un viejo continente maravilloso, solar de la dulzura y del fervor humanos, pero mutilado, partido, triturado hasta la agonía.
Amanecerá el día en que lamentarán amargamente la derrota, en 1945, de aquellos paladines constructores de Europa.
Mientras tanto, contemos con términos veraces lo que fué su epopeya, cómo padecieron sus cuerpos, cómo sus corazones se entregaron.
A través de la gesta de los voluntarios belgas — una unidad entre centenares de unidades — es el frente todo de Rusia el que surgirá, en los luminosos días de las grandes victorias, en los días más emocionantes aún de las grandes derrotas, impuestas por la materia, pero recusadas por la voluntad.
Unos hombres vivieron en las inacabables estepas lejanas. Lector, amigo o enemigo, contémplalos; porque estamos en una época en que es preciso buscar mucho para dar con verdaderos hombres, y éstos, verás, lo eran hasta la medula.



Uniformes del tercer tercer Reich - Jose Ma. Bueno

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Hacia un orden social cristiano - La Tour Du Pin

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Las tres escuelas de economía, según el clásico de la contra-revolución, marqués de La Tour du Pin:

1) el que considera al hombre como una cosa - el liberalismo
2) el que considera al hombre como una bestia - el socialismo
3) el que considera al hombre como a un hermano - el corporativismo

La Tour du Pin, René
"Hacia un Orden Social Cristiano"


Después de haber reconocido en el régimen corporativo el único sistema capaz de vencer la decadencia económica y moral, es preciso considerarlo también como eficaz remedio al objeto de sobrepujar la decadencia política entre la que se debate el mundo, pues ofrece una base novísima de reorganización social cuyo vértice es la posesión de estado obligatoria para todos los elementos de la producción, fundamento básico de una cabal representación de los intereses. 

Es postulado elemental que para hacer conservador al pueblo precisa darle algo a conservar. Ahora bien, es exactamente lo contrario de lo que hizo el liberalismo al suprimir las organizaciones sociales donde cada uno tenía algún derecho propio y un porvenir asegurado. Desde ese tiempo, el descontento es permanente y las revoluciones crónicas, pues no cabe sustentar un Estado político durable sobre un Estado social inestable, tanto más cuanto el primero no es sino la cúpula del edificio formado por la sociedad dentro de los límites de la nación. En otro lugar de estas notas hemos insistido sobre la diferencia fundamental entre Estado y sociedad; ahora es preciso considerar la conexión existente entre dichos dos organismos. El Estado existe únicamente para garantizar la conservación de la sociedad, pero si esta sociedad se halla perturbada, si sus miembros, lejos de tender a perpetuarla, trafican para destruirla, la misión del Estado se hace de imposible cumplimiento, y el pueblo que tiene su vista puesta en él, por ser como la forma externa de la sociedad, le toma odio, y confundiéndole con este no tiene otro afán sino su destrucción total.

Este es el resultado obtenido por la práctica del liberalismo desde que hace un siglo empezó a gobernar los antiguos Estados de la cristiandad. El descontento popular crece en sentido inverso a las promesas y en directa relación de los progresos anunciados. Todas las bellas frases y ditirámbicos conceptos no pueden impedir la constatación de este hecho histórico, ni retardar la evolución social, que pasar del mundo de la anarquía liberal al despotismo socialista, porque estos son dos períodos de una misma enfermedad que avanza entre crisis alternativas y oleadas intermitentes. El liberalismo ha engendrado al socialismo como consecuencia ineludible de sus doctrinas y reacción obligada de sus prácticas. La evolución se halla en período mucho allá adelantado de lo que se cree y no se trata ya de detenerla en su primera fase, sino en un período álgido de la segunda.

El régimen corporativo tornado como base de la reorganización social, no ocupa, ni mucho menos, una posición intermedia entre ambas doctrinas, como se ha dicho con notoria ligereza, porque nada tiene del uno o del otro, ni en los principios ni en sus formas. Tampoco representa un socialismo cristiano, porque el ensamblaje de estas dos palabras es un contrasentido manifiesto, sino un cristianismo social y, dicho sin pleonasmo, el verdadero cristianismo. Por encarnar, en lugar de los principios de la revolución, los del cristianismo, contiene en germen la salvación social, pudiendo decir que, únicamente, por deducción de las doctrinas de la Iglesia, hemos llegado a reconocer las excelencias del sistema. Mas para que este germen adquiera su pleno desenvolvimiento, es preciso que su aplicación sea lo más completa posible, haciéndole fructificar, no sólo en los variados campos del trabajo manual sino en todos los ámbitos de la actividad económica, porque contiene el único elemento verdaderamente conservador de un orden popular en su base, y aristocrático en la cumbre: es decir, el orden natural.




Religiosidad nordica - Hans F. K. Gunther

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«…De las páginas de Günther exhala un ansia por la forma, por la idea, por algo que se perdiera en las lejanías de los orígenes y que lucha eternamente por no perderse, por no fundirse, por no abandonarse y desparecer. Allí lógica evolutiva y tipicidad anímico-morfológica son como dimensiones paralelas que anhelan fundirse pero que no acabasen de hacerlo… proponer de nuevo la obra de Günther, es proporcionar al público de lengua castellana, la reflexión de un espíritu nórdico acerca de los penetrales de un alma racial propia de buena parte de los europeos de hoy, cuyos mitos, arquetipos y valores, en un mundo construido con lo mimbres de otras almas, de otras psicologías, de otros valores, las más de las veces de manera confusa, todavía presienten.
Santiago de Andrés

Si tuviera que elegir un lema, sería éste:
“Duro, puro, seguro”, —en otras palabras: inalterable. Este sería el ideal de los fuertes, a quienes nadie abate, nada corrompe, nada hace cambiar; de los que se puede esperar la unión con lo eterno, porque su vida es orden y fidelidad
Savitri Devi


¡Mis enemigos son los tuyos! - Adolf Hitler

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Democracia asfixiante - Salvador Borrego

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Prólogo
El concepto de democracia es una utopía carente de realidad. Para examinar este concepto, Salvador Borrego lo va encarnando en la historia de México y del mundo, Así resulta preciso y claro.

A México se le impuso la Democracia en 1824. En los siguientes 24 años nos debilitamos muy “democráticamente” con 40 presidentes, en un maremágnum que nos llevó a perder más de la mitad de territorio nacional.

En 1857 la guerra de reforma nos trajo mayor dosis de presunta democracia y la consiguiente destrucción y empobrecimiento general. La revolución de 1910 también fue para democratizarnos todavía más y nos llevó a una lucha interna de diez años de destrucción y miseria.

Del movimiento del 68 se ha dicho que fue un “parteaguas” democratizador, que acabó con el “autoritarismo” y el “presidencialismo”, pero sus destructivas consecuencias aun no se terminan.

La “democracia” de Salinas de Gortari, nos entregó más a las fauces del Neoliberalismo salvaje. Y la de Zedillo nos dio más funcionarios de elección “popular” cuyo colosal costo gravita sobre un pueblo empobrecido.

Este es un libro instructivo y oportuno, pleno de información para conocer dónde nos hallamos ubicados. Su capítulo sobre la “democracia popular” de China es particularmente sorprendente y revelador.

Lic. Jesús F. Benítez

Detalles de la publicación
Ahora que el presidente Bush anuncia que impondrá la democracia en el mundo. A sangre y fuego.

Ahora que una llamada “democracia popular china” impone la más cruel tiranía sobre 1,300 millones de seres humanos, a los que hace trabajar como la mano de obra más mal pagado del mundo.

Ahora que esa dictadura tiene el apoyo de Estados Unidos para apoderarse de los mercados nacionales de veintenas de países, incluso de los de México.

Ahora que tanto se habla de “nuestra democracia” este libro es extraordinariamente oportuno y revelador.

¿Por qué crece el desempleo, la pobreza, la miseria, la delincuencia, la impunidad y la corrupción?

Índice
Capítulo I Democracia por consigna
-              Exasperante tener un Imperio de vecino
-              “logros” de México con su primera democracia
-              Del vagar sin rumbo a un rumbo impopular

Capítulo II Democracia dosificada
-              Y el país tuvo un nuevo camino
-              Democracia reprobada por Mr. Lane Wilson
-              Empezó nueva etapa de democratización
-              Contradicciones en el sexenio cardenista

Capítulo III la democracia que nació en el 68
-              Empezó a caminar y ahora ya vuela
-              Cuando el pueblo “se gobierna a sí mismo”
-              Manipulación de estudiantes
-              Ahondando abismos de Disolución Social

Capítulo IV Se colmo al D.F. de Democracia
-              69 años sin gobierno del Distrito federal
-              Y llegó un raudal de democracia al D.F.
-              Protección internacional para los delincuentes
-              Así llegamos a los sorprendentes videos
-              Llegó otro video de inesperado horror
-              ¿Qué paralizó a los altos mandos?
-              Lo de Tlahuac veló otros actos de terror
-              Múltiples mafias especializadas
-              Bandas de pandilleros extorsionan impunemente
-              Un mercado de 15 millones de jóvenes
-              Las mafias de las manifestaciones
-              “Si no funciona, hágaseles reformas estructurales”

Capítulo V Pidiéndole cuentas a nuestra democracia
-              ¿Cómo maneja sus grandes riquezas?
-              Concesiones a favor de extranjeros
-              Campesinos tratados como “desechables”
-              La delincuencia es ya ingobernable
-              El narco, poder internacional
-              El desempleado vive en la “microeconomía”
-              Más adornos al sistema electoral
-              Dos dogmas para las nuevas generaciones
Capítulo VI La democracia es así
-              Centroamericanos huyen en masa
-              Que el comunismo es democrático
-              Formalismos que son muy populares
-              Un balance a muy grandes rasgos

Capítulo VII democratizando a medio mundo
-              Des “hazañas” una en Europa y otra en África
-              Hasta las potencias la utilizan dosificadamente
-              Democratizando con misiles y bombas
-              Guerra de guerrillas y de suicidas iraquíes
-              Se dan voces de autocritica en EE.UU.
-              Más despilfarros y una nueva crisis

Capítulo VIII La colosal “democracia popular China”
-              En 50 años logró ser potencia mundial
-              ¿Cómo llego a ser potencia?
-              ¿Cuál es la índole del pueblo Chino?
-              Factor decisivo en el éxito financiero Chino
-              Qué significa “la tierra del Sinim”
-              S.O.S. “nos arrebatan nuestros mercados”

Capítulo IX Bush anuncia que va a darle democracia al mundo
-              EE.UU. debe poner la reglas en el planeta
-              EE.UU. apadrinó a las “democracias populares”







La rueda de los cuatro brazos (introducción al caracter suprahistorico de la humanidad) - Ibn Asad

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Así como todo organismo vivo recorre un ciclo vital ingénito e individual, desde la perspectiva que le es inmediatamente superior al hombre y a su vez natural, o sea, la tradición metafísica, el hombre y sus expresiones civilizatorias -para las cuales la historia lineal moderna y progresista se ha erigido como la orgullosa perspectiva oficial más sofisticada del hombre contemporáneo- se pueden circunscribir a un ciclo mayúsculo, una visión del tiempo circular -o espiral- y suprahistórica, en la cual el punto de partida es siempre la relación del hombre con su naturaleza divina, aun en aquellos lugares en donde esta relación pueda parecer inexistente. Este vínculo sufrirá de una degradación progresiva y cíclica con respecto a su origen y que no por ello hará las cosas más sencillas de explicar y/o entender.
El símbolo que soporta este principio metafísico es uno harto y conocido por todas las civilizaciones ajenas a la ignorancia malograda de la vox populi del mundo globalizado: la gruz gamada o svástica.
Este breve ensayo documentado de fuentes de las más diversas tradiciones humanas, es una brevísima historia -o más aún: metahistoria- de la actual humanidad, su glorioso e inexpugnable origen, y su caída y ulterior degeneración que, paulatinamente, la llevará por las intricadas y laberínticas fases finales de su ciclo hasta los límites de las fuerzas deletéreas más oscuras, asaz alejadas de su propio origen: la civilización moderna.